El proceso de elección del heredero del trono de San Pedro tiene reglas centenarias muy claras, pero nada dice la Constitución Apostólica sobre la duración de un cónclave.
El cónclave más breve de la historia fue en 1503 y los cardenales apenas tuvieron tiempo para instalarse en la sala de votación cuando ya se estaba pronunciando el tradicional habemus papam.
El 31 de octubre de ese año fue proclamado papa Julio II y su elección fue poco más que un trámite. Cuenta la historia que, gracias al ofrecimiento de cargos eclesiásticos y a la simonía, es decir, la compra y venta de bienes espirituales y temporales, el papable italiano Giuliano della Rovere sobornó a los electores que, unánimemente, lo entronizaron. Contrariamente a lo ocurrido en 1503, el cónclave iniciado en 1268 entró en la historia por ser el más largo: duró dos años, nueve meses y dos días.
Unas semanas después de la muerte de Clemente IV, en noviembre de 1268, los cardenales reunidos en un palacio de la ciudad de Viterbo, al norte de Roma, tuvieron muchas dificultades para llegar a un acuerdo que permitiera designar a un sucesor.
Al cabo de un año con el trono de San Pedro vacante, el señor de Viterbo, Alberto de Montebono, hizo cerrar herméticamente el palacio papal con los cardenales adentro, y les arrojaba comida y bebida bien racionadas a través de una abertura en el techo.
Después de varios meses, exasperadas, las autoridades le quitaron el techo al palacio donde estaban sesionando y amenazaron a los electores con no enviar más comida. Finalmente, en 1271, designaron a Gregorio X. El nuevo papa buscó evitar una repetición del incidente y determinó, en 1274, que los electores deben ser encerrados hasta que decidan la elección. LA NACION/GDA