El mes pasado se reabrió el Museo de Arte Moderno de Nueva York en una sede considerablemente ampliada gracias a las obras que dirigió el arquitecto japonés Yoshio Taniguchi, cuyo resultado fue fervorosamente elogiado por la prensa y los especialistas de varias partes del mundo. Los trabajos duraron veinte meses y exigieron una inversión de 850 millones de dólares, la mitad de lo cual se volcó en el edificio mientras la otra mitad era desembolsada para el complejísimo traslado de las obras expuestas hacia el museo de Queens, donde siguieron en exhibición durante casi dos años antes de regresar a su sede definitivamente reciclada, sobre la calle 53 a la altura de la Quinta Avenida. Desde la reapertura se han contabilizado récords de visitantes, que recorren las enormes salas que se extienden casi sin pilares, donde las piezas del acervo reciben una iluminación sabiamente dosificada.
La entrada al MoMA cuesta 20 dólares, aunque el acceso es gratuito los viernes de 16 a 20, permitiendo que una marea de público pasee por los 90.000 metros cuadrados que abarca la red de salas, que así duplica la extensión anterior del museo. Ahora se dice que —con sutileza oriental— el arquitecto Taniguchi fue a visitar antes del comienzo de las obras a Terence Riley, curador-jefe de la estructura de la institución y le señaló: "Si juntan mucha plata les voy a dar muy buena arquitectura, pero si juntan muchísima, voy a lograr que la arquitectura desaparezca". De hecho, esa mole casi se borra por la delicadeza de línea y el empleo de la luz en la estructura diseñada por el artífice japonés. Algún observador ha dicho que "ahora, el formidable Balzac de Auguste Rodin parece haber crecido, a tal extremo domina el espacio que lo rodea".
"Liviana, transparente, sin columnas" dijo un crítico sobre lo que hizo allí Taniguchi. "Las únicas vedettes son las obras de arte, lo cual es revolucionario en esta era post-Guggenheim de Bilbao, que es una propuesta (de Frank Gehry) donde la enorme caja del museo parece competir con el contenido". Conviene recordar que las finezas del nuevo MoMA deben envolver obras tan eminentes como los Lirios de Monet o la Noche estrellada de Van Gogh y debe armonizar esas piezas con el impacto del arte pop, sector en el que reinan las latas de tomate de Andy Warhol, por ejemplo. Como altar mayor del MoMA estuvo durante las primeras tres décadas de la postguerra el enorme Guernica de Picasso, que debía empero volver a España cuando se extinguiera la dictadura de Franco. Así lo hizo, privando al museo neoyorquino de la obra más emblemática y de mayor capacidad de convocatoria para concurrencias de cualquier origen.
TAZA DE TE. Ahora los trabajos comandados por Taniguchi mantuvieron intactas las tres fachadas del MoMA: la de 1939 que lleva la firma de Goodwin y Stone, el anexo de Philip Johnson realizado en 1964 y la torre levantada por César Pelli en 1988. Las primeras obras del arte moderno, que se inscriben en el período 1880-1930, están desplegadas en los últimos pisos, incluyendo dadaístas y surrealistas y alguna estrella de la colección como Las señoritas de Avignon de Picasso, que para esta oportunidad fue limpiada y provista de un nuevo marco. Las vertientes más nuevas del arte contemporáneo, en cambio, están al alcance de la mano en los pisos inferiores mientras ya se anuncian muestras temporarias para el futuro próximo: una dedicada a Cézanne y Pissarro y otra con grandes nombres de la pintura de post-guerra como Warhol, Lichtenstein y De Kooning, entre otros.
Para definir el edificio que ha entregado a Nueva York, Taniguchi manifestó: "Esta obra es como una taza de té japonesa. Uno piensa que la taza es muy linda, pero sólo cuando se llena con té verde adquiere su verdadero color y posiblemente su belleza definitiva. El nuevo MoMA no debe ser juzgado hasta que las obras de arte y el público estén adentro". Eso ya ha ocurrido, de manera que el coloso artístico de Manhattan se encuentra en plenitud y alberga a más gente que nunca.
Por otro lado, en el centro de París, otro monstruo en parte destinado a actividades artísticas y culturales, el Forum de Les Halles y el enorme centro comercial que lo rodea, ha demostrado la necesidad de modificaciones, ya no una ampliación del área como en el MoMA pero en cambio un reciclamiento vinculado a varias exigencias: las del entorno urbano y las de un marco social que ha comenzado a volverse inseguro. Quienes hayan conocido el antiguo mercado de Les Halles, una reliquia que nunca debió demolerse, saben que la aparición del Forum provocó más perplejidades que elogios. Alli, debajo del nivel de la calle, funciona un gran shopping con 181 boutiques, la librería más grande del mundo y el mayor complejo de salas cinematográficas de Europa. Todo eso también será recuperado, pero la porción principal de los trabajos se vertirá en el proyecto del arquitecto David Mangin, que fue el elegido por el alcalde parisino Bertrand Delanoë y que consiste en el trazado de "una larga rambla arbolada en torno del Forum, parecida a las de Barcelona".
Lo grave es que últimamente la zona de Les Halles se ha convertido en un punto de inseguridad para los ciudadanos: "hay traficantes de drogas, peleas a cuchillo y palpable tensión social", factores que pueden descalabrar el funcionmamiento de un lugar al que concurre mucha gente. Sólo la estación de metro en el subsuelo es recorrida diariamente por 800.000 personas. Las obras a realizarse costarán 200 millones de dólares a la alcaldía y una nueva licitación se abrirá en breve para recuperar sectores del Forum, tarea que deberá estar finalizada para 2021, de manera de "cumplir con los sueños de un París capital de los juegos olímpicos". Que así sea