Sandra Kanovich
¡Este Paysandú es divino!, exclamó mi esposo en su regreso a casa después de un día de trabajo. Levanté los ojos del teclado e intrigada, exigí la explicación.
Tras entregarme un —para mi— extraño llavero procedió con el relato.
Minutos antes esperaba por la luz verde en una esquina, cuando un desconocido en moto se le acercó a la ventanilla del auto: "Disculpe, usted va para su casa?", le preguntó. "Hace pocos días me mudé a la vuelta y si puede, claro, yo le doy las llaves de mi casa y llamo a mi señora que las pase a buscar por la suya. Si me hace la gauchada, yo no llego tarde al trabajo", abrevió su intención, antes de obedecer al semáforo que ya le daba paso.
Casi dos horas después, Maia —mi hija de once años — corrió a abrir la puerta y entregó a la "desconocida esposa del desconocido vecino" las llaves en cuestión.
Todavía sorprendida del periplo recorrido por éstas hasta su destino final, se me ocurrió pensar cuán sencillo y espontáneo puede resultar el ejercicio de la convivencia y qué lejos de cambios de gobiernos, queda el sitio donde se acciona y funciona la confianza.
Comprendí también que mi hija había aprendido una lección, de esas que dicen, sirven para toda la vida. Por mi parte, sigo sin conocer el nombre de mi nuevo vecino y tampoco me he ocupado de identificar la casa a la que se mudó con su esposa. Pero, confieso, me agrada creer que aquí "a la vuelta, cuento con un VECINO".