No le hicieron caso a Mujica y empezaron a decir las cosas que piensan hacer pero que deben ocultar. El senador había advertido que la mejor estrategia era esconder lo que se piensa para que "no se asusten los burgueses", a los mismos que por intermedio de este engaño se pretende cautivar para que —engatusados— presten su respaldo al Encuentro Progresista.
El episodio del economista Viera, quien sucediera en la asesoría de Vázquez al Ec. Cancela, y que fuera también separado por decir la verdad de su pensamiento, ha sido más que comentado. Habló y salieron corriendo a desmentirlo "para que no se asusten los burgueses", pero la macana ya estaba hecha. Días antes el propio senador locuaz había practicado un rato de demagogia con los sueldos públicos, específicamente los de gobierno. En el plenario de su fuerza política le pegaron una paliza regular y salieron a comentar que en verdad iban a topear los sueldos de los cargos de confianza, aunque no sabían en cuánto y además no era un tema para ahora, así que al cajón.
Más tarde el diputado Pita propuso que si ganaban las elecciones los gobernantes frentistas deberían publicar sus estados patrimoniales. Le salió al cruce una directora municipal que sentó la peregrina teoría de que no se puede sospechar de ellos, porque no tienen "que demostrarle nada a nadie", ya que "la conducta y los hechos son suficientes". Parece que su compañero piensa diferente. En definitiva, desde el municipio se establece que hay diferentes legalidades, una para el común de los ciudadanos, y otra, la que da inmunidades por su condición ideológica y les da el derecho a los gobernantes frentistas de no tener "que demostrarle nada a nadie". Qué barbaridad.
Todo este cuadro de disparates, demasiados para una semana, son la prueba palmaria de que no alcanza, por suerte, con ser demagogos para llegar el gobierno, se necesita, además, saber qué es lo que se quiere. Y en esta fuerza cada sector quiere cosas distintas. Sus dirigentes solían ironizar a los restantes partidos señalando que lo único que tienen en común, según ellos, eran sus muertos. Vaya que eso es importante, si así fuera, sobre todo cuando ni siquiera eso se tiene.
Han tenido una semana terrible. Dichos y desmentidos oficiales y oficiosos marcaron su actividad. Esa es la realidad. El propio Mujica, seguramente estimulado por el publicista que parece que lo asesora, se dedicó a decir alguna que otra mala palabra pública para desacreditar al Ec. Viera. Pero por más chabacán que quiera mostrarse termina pisándose el palito. Este senador no dijo que no estuviera de acuerdo con los impuestos al agro, sino que se lamentó que se hubiera anunciado, como, dijo, les pasó con la propuesta del impuesto a la renta en la pasada elección. El Robin Hood del campo se molestó por el anuncio pero no por lo anunciado. Esta es la verdad, el resto de Mujica es charamusca, como siempre.
La soberbia demostrada, hace un tiempo, con reparto de ministerios y otros cargos no es cosa del pasado; es la consecuencia de sentirse los nuevos ricos de la política. Con la seguridad de la victoria, sectores y partidos encuentristas comenzaron a disputarse los espacios de poder. Es la muestra cabal de la frivolidad, del desprecio a la gente, de la negación, una vez más, de los valores que debe regir la conducta de los dirigentes políticos. Ha habido una fuerte depreciación de éstos de la que ningún partido estuvo exento de sufrirla en sus filas. Todos lo vivimos.
Recuperar la confianza de la gente, con razón perdida, no es tarea de ninguna colectividad en particular sino de todo el sistema. Creerse inmunes a esta realidad es infantil y pensar que la confianza se puede recobrar ocultando lo que se piensa, como método para ganar una elección, es lamentable.