Las palabras del imán con turbante negro daban la impresión de que estaba listo para el martirio. Parado en el patio del Santuario de Alí con el domo dorado, clavando la mirada sobre 2.500 fieles sentados sobre tapetes, Sader al-Din al-Kubanchi lanzó palabras tan afiladas como cimitarras hacia el ejército que había invadido la ciudad sagrada de Nayaf.
Sin embargo, los soldados a quienes él denunciaba no eran estadounidenses, sino integrantes de la variopinta milicia radical de los chiítas conocida como el Ejército Mahdi. Docenas de ellos, parados firmes con rifles Kalashnikov y cinturones de granadas, rodearon el santuario al tiempo que Kubanchi hablaba.
Ellos y su joven líder espiritual, Muqtada al-Sadr, trajeron su guerra con los estadounidenses hasta Nayaf casi tres semanas atrás, cuando se retiraron a esta ciudad después de una breve revuelta en contra de las fuerzas de ocupación. Más de 2.500 soldados estadounidenses mantienen rodeada Nayaf con miras a expulsar a Al-Sadr, y los residentes de la localidad están atrapados en medio de esa pulseada.
"No revela valentía tomar refugio en la casa o en la mezquita, o incluso en los mercados, y usar a mujeres y niños como escudos humanos", dijo el imán Kubanchi en referencia al Ejército Mahdi. "Son personas que están tratando de engañarlos, y son personas del régimen de Saddam Hussein, ex agentes de los servicios de inteligencia. Ellos quieren arrastrarlos hasta la batalla para ser destruidos. Si eso llegara a ocurrir, los soldados estadounidenses atacarían Nayaf, y nuestros enemigos verían gustosamente cómo corre nuestra sangre".
El tenso enfrentamiento de fuerzas en Nayaf se ha convertido en una confrontación entre los clérigos moderados de la ciudad y Al-Sadr. Los líderes religiosos y los tribales tratan de expulsar a su vecino indeseable de la ciudad.
Son hombres de libros más que de armas, y por tanto están buscando crear una ranura para que Al-Sadr salga, a través de sus poderes de retórica. La razón no es ningún secreto.
Ellos saben que la mayoría de las esperanzas chiítas relacionadas con superar la prolongada dominación de musulmanes sunnitas yacen en el éxito de los esfuerzos estadounidenses para establecer un Irak mayoritariamente democrático.
Saben, de igual forma, que al defender la rebelión armada, las fuerzas de Al-Sadr les están dando una ventaja a los violentos insurgentes iraquíes, los cuales buscan la expulsión de Estados Unidos y reafirmar el dominio sunnita.
Circunspectos y con sumo cuidado, puesto que Al-Sadr dirige la ciudad, han repartido volantes y pronunciado discursos en los que exhortan al Ejército Mahdi a llevar su lucha a otra parte. Al igual que el imán Kubanchi, lo han hecho mientras sus mezquitas y hogares están rodeados por milicianos indisciplinados.
El viernes pasado, más de 100 integrantes del Ejército Mahdi vagaron en grupos por todo el centro de Nayaf. Daban más la impresión de ser un grupo desordenado de hinchas del fútbol con armas que una cohesiva fuerza de combate.
Algunos vestían camisas y pantalones negros, asociados con el Ejército Mahdi, pero muchos llevaban a cabo sus patrullajes vestidos con camisetas sucias, trajes deportivos, zapatos de tenis y sandalias de cuero.
Recorrieron las calles en camionetas de carga que alguna vez fueron usadas por la policía. Las camionetas, originalmente con las carrocerías pintadas de azul y blanco, ya fueron pintadas de nuevo por los milicianos, pero ahora totalmente de blanco. Hombres que sostenían lanzagranadas sobre sus hombros estaban sentados en la caja.
Aparte de los combatientes, había unas cuantas personas en el centro de Nayaf, que normalmente los viernes está rebosante de actividad, con peregrinos iraquíes e iraníes marchando hacia el Santuario de Alí.
Una camioneta que transportaba a media docena de hombres que portaban rifles de asalto AK-47 se detuvo cerca del santuario. Los milicianos saltaron a la calle y arrastraron consigo, desde la camioneta, a un hombre desarmado que vestía una camiseta. Marcharon con él hasta un edificio de dos pisos que hace las veces del improvisado juzgado donde los clérigos de Al-Sadr dispensan la Sharia, o ley islámica.
Al-Sadr pasó la mayor parte de la tarde de ese día en su mezquita, en el cercano poblado de Kufa, apenas ocho kilómetros al norte siguiendo un polvoriento camino. Ningún agente de policía caminaba por las calles allá, e integrantes del Ejército Mahdi estaban parados en retenes a lo largo de la avenida principal y deambulaban en torno a edificios públicos, incluyendo la biblioteca, la estación de policía y el juzgado. Un grupo de combatientes pasó por la calle a bordo de una camioneta de la policía que había sido cubierta de lodo parcialmente, táctica empleada durante la guerra entre Irak e Irán en el decenio de los ’80, enfocada a camuflar vehículos civiles destacados en batalla.
Incluso al tiempo que el imán Kubanchi se lanzaba en su violento discurso en Nayaf en contra del Ejército Mahdi, Al-Sadr entró caminando a una mezquita repleta de fieles que alzaban vigorosamente sus puños al aire.
"Nosotros seremos bombas de tiempo humanas que harán explosión en sus rostros", afirmó Al-Sadr. "Ellos nos han humillado, ¿entonces, cómo reaccionaremos nosotros? Creemos que nosotros podemos humillarlos".
Al-Sadr pronunció su sermón envuelto en el tipo de manta blanca que normalmente se usa para cubrir el cadáver de un musulmán antes de darle sepultura.
© "The New York Times"