MADRID | JOSE M. BELLO
Nació en Durazno y, como la mayoría de los hombres del interior, siempre mantiene un perfil bajo, pero cuando entra a la cancha, tanto sea para entrenar como para estar en el banco al lado del técnico, se transforma y sus gritos y sus gestos ampulosos se hacen notar. El Prof. Alejandro Valenzuela es en los hechos desde ayer, el preparador físico de Uruguay, un lugar que siempre estuvo en su mente poder ocupar.
—¿Esperabas esta oportunidad?
—Uno siempre aspira a superarse. Yo invierto en lo que estoy convencido da más intereses: el estudiar para superarse, te juro que en la actualidad y estando donde estoy, sigo con los mismos deseos de aprender de cuando ingresé en el I.S.E.F. y sé que va a ser así hasta los últimos días de mi vida. Permanentemente me trazo objetivos y metas y estoy convencido que cuanto más arriba uno está, más responsabilidades tiene. Para eso hay que estar más preparado y para estarlo hay que estudiar y tener humildad, por sobre todas las cosas.
—Cuando Fossati te dijo que iban a dirigir a Uruguay, ¿qué te pasó por la cabeza?
—Es inexplicable. Recordé toda mí vida, desde que empecé a estudiar hasta ahora, me vinieron a la cabeza mil imágenes y las recordé todas. Me acordé de mi señora y de mi hijo y de toda mi familia. Recorrí toda mi vida, todo lo que pasé para llegar a donde estoy. Yo no estoy de acuerdo con los que dicen que llegar se llega, pero lo difícil es mantenerse. Creo que lo más difícil es seguir subiendo. Además, me acordé de Oscar Paglia que fue el que me llevó al fútbol y de Jorge (Fossati) que fue y es el arquitecto de nuestro futuro.
—Esta función a la que vas a abocarte ahora es muy diferente a la que se hace en los clubes.
—Es tan diferente como lo es entrenar a un maratonista y pasar a entrenar un velocista, es todo diferente y acá es igual. Los verdaderos preparadores físicos de la selección serán los profesores de sus clubes y, por lo tanto, tengo que tener muy buena relación con ellos, hablar periódicamente y cambiar ideas. Debo mantener el trabajo que hacen en la semana y hacer un exigente proceso de recuperación. Bajo ningún concepto podemos devolverle los jugadores a los clubes en peor forma de la que vinieron; a mí no me gustaba que me hicieran eso y, por lo tanto, no lo voy a hacer yo ahora.
—No eras de hablar mucho con los jugadores. ¿Cambiaste?
—Sí, he evolucionado en eso. Mi punto de vista es que más que un músculo o un corazón, hay que entrenar un cerebro que cree el ambiente favorable. La endorfina es una hormona que segrega alegría, me gusta que entrenen con placer, que les guste hacerlo, y yo soy de siempre tener buena relación con los jugadores. En esto del entrenamiento lo más importante es convencer al jugador de que el más beneficiado es él y luego somos todos. Deben tener claro que van de la mano, entrenamiento, alimentación y descanso, y después pasar lo más placenteramente posible. Nosotros, y cuando digo nosotros me refiero a todos, cuerpo técnico, dirigentes y el pueblo futbolero en su totalidad, debemos confiar en los jugadores y ellos, como profesionales que son, deben responderle a su gente ganando.
—¿Seguís siendo gritón?
—Sí. Tengo una frase que dice que "prefiero morir por ansioso y no por perezoso", y te soy sincero: estoy peor que antes, no puedo controlar la ansiedad, termino destrozado todos los partidos. En ese sentido no he podido mejorar.