Rebar
Este año, la oferta turística ha sido impresionante Sólo faltó la de viajar a la Luna, en cómodas cuotas y a pagar con tarjeta de crédito. En este país de prestidigitadores, la gente saca un dólar de la galera y lo convierte en diez: magia pura, que permite trasladarse por una semana al destino preferido, mientras otra parte del espectáculo circense —la de los acróbatas— se queda en la casa haciendo equilibrio con el presupuesto. Dice la señora al marido:
—Los de al lado se van a Camboriú...
—¿Adónde?.... ¿A Cambadu?...
—No, guasón... a Camboriú, en Brasil.
—¿Y cómo hacen?... Porque deben tres meses de gastos comunes...
—Se van igual.
Y sí, les importa un pomo. Se van igual.
El diariero me informó el viernes:
—Me voy a cazar... (con la defectuosa pronunciación de la "zeta" me despistó).
—Pero, ¿cómo?... ¿Vd. no es casado?
A mi pregunta estúpida siguió su carcajada, más estúpida aún.
—Me voy a cazar... con zeta y con escopeta. Pero queda mi hijo repartiendo los diarios. No se preocupe. Recibirá "El País" igual que todos los días. Como cantaba Gardel: "...es una caravana interminable..." Uno se va quedando en "soledad" en este Montevideo que, en tiempos de la "juventud dorada" —allá por fines de los 30— ponía a prueba a nuestro ingenio para "divertirse" durante ocho días con pocos billetitos. Eran épocas en que los veinteañeros que trabajábamos, dejábamos en casa todo el sueldo... retirando apenas un pequeño porcentaje para la recreación, que se reforzaba ligeramente al llegar la Semana Turisanta.
Una inteligente distribución de la suma le permitía a la barra del café (parábamos entre el Tupí Nuevo y La Cosechera) dedicarle el primer domingo a Maroñas (apuesta máxima para toda la reunión $ 3.oo): el lunes, un paseo LARGO, a la Barra de Santa Lucía o al Arroyo Pando (tipo pic-nic); el martes (aprovechando el buen tiempo que tradicionalmente se arruinaría el viernes) se recorría el Prado para sacar las infaltables fotos en el Rosedal, con la flamante Jiffy Kodak 6x9; el miércoles, matinée en el Metro, nuevito, espectacular; el jueves, gran patrullaje de rigurosa infantería detrás (o al costado) de las pibas que visitaban las siete iglesias, partiendo de Nuestra Señora del Huerto (en la calle Gonzalo Ramírez) siguiendo por María Auxiliadora, los Capuchinos, el Cordón, Los Vascos, la Catedral y el Señor de la Paciencia; el viernes santo —respetando la fecha— un discreto campeonato de bowling en el Tupí Nuevo, por la tarde, y uno de billar en La Cosechera, por la noche; sábado y domingo, fútbol. Si sobrevivía algún peso, cerrábamos la semana con una incursión por "los caballitos" del Rambla Hotel de Pocitos, a 2 reales la ficha.
¿Chicas? Sí, claro que las había: pero, eran tan reservadas, que ni me animo a recordarlas tantos años después.
Para los jóvenes de hoy, serían nulos los atractivos de una semana como la descrita. Están en otra. "Los muchachos de antes" aparecemos como tarados clonados. Sin embargo... ¡créanme! Con cuatro pesos locos nos divertíamos. Les juro que nos divertíamos.