Los misterios de Leonardo

| Un controvertido best seller mundial relanzó la enigmática figura del genial renacentista

LA NACION (GDA) | HECTOR M. GUYOT

Era un hombre que sabía demasiado. Sabía cambiar el curso de los ríos, diseñar armas de guerra y arrancar bellas melodías de las liras que él mismo fabricaba. Sabía —antes de Galileo— que "el sol no se mueve". Pero sabía además que los más altos secretos deben mantenerse así, secretos, y tenía sus razones: en aquellos días en que el Medioevo viraba hacia la Edad Moderna, el conocimiento y la verdad eran peligrosos y podían pagarse con la vida.

Acaso esa precaución le haya valido a Leonardo da Vinci —quizá, junto con Goethe, el genio más universal que haya dado Occidente— no sólo llegar a viejo, sino también las conjeturas que sobre él se han tejido. Porque los enigmas que rodearon su existencia y que habitan su pintura fueron siempre terreno fértil para biógrafos y exégetas, que ensayaron teorías a veces temerarias inspiradas en una figura inclasificable.

La última versión de este buscador incansable, que fue a un tiempo músico, astrónomo, geólogo, matemático, biólogo, ingeniero, físico y —sobre todo—pintor, llegó de la mano de El código Da Vinci (Umbriel), un best seller del hasta ahora ignoto Dan Brown, que después de vender cinco millones de ejemplares en Estados Unidos irrumpió el año último como un verdadero fenómeno editorial traducido a 30 idiomas.

La novela, un thriller en cuyo argumento conviven asesinatos que parecen cometidos por el Opus Dei, la tergiversación de la historia de Jesús por parte de la Iglesia y hasta la búsqueda del Santo Grial en medio de un sinfín de intrigas y acertijos, presenta a Leonardo como maestre del Priorato de Sión, una secta pagana que a lo largo de los siglos ha guardado evidencias secretas que la Iglesia busca destruir.

Esos supuestos secretos —presentados en el libro como hechos históricos— incluyen una silenciada descendencia de Jesús, la verdadera identidad de María Magdalena y la adoración de la diosa femenina en los primeros tiempos del cristianismo, que Roma habría ocultado para afianzar sus ideas patriarcales. Todo eso —y más— estaría cifrado en los cuadros más célebres del genio renacentista, como La Gioconda, La última cena y La Virgen de las rocas.

"Las claves esotéricas que Leonardo derramó en cuadros como La Mona Lisa existen, pero no son las que devela el autor del libro", dice al respecto el ensayista Luis Racionero, director de la Biblioteca Nacional de España y autor de La sonrisa de La Gioconda, una biografía novelada del italiano. ¿Cuáles son, entonces, esas claves? ¿Y cuáles, además, los enigmas aún sin resolver en la vida del artista?

Nacido bastardo en 1452 (su padre, Piero da Vinci, notario, sólo reconocerá a su hijo a los 5 años), Leonardo tuvo dos madres. Caterina, una campesina que lo crió en una casita de piedra en la ladera del monte Albano, y aquella otra que, según su biógrafo Marcel Brion, determinaría su "paganismo cósmico": la naturaleza, a la que el niño se abandona en sus vagabundeos por el campo toscano, entre olivares, viñas, flores y pájaros que lo deslumbran.

"En comunión con los elementos naturales, comprendió que más allá de lo finito sensible está lo infinito presentido" —dice Brion, erudito que fue miembro de la Academia Francesa. "Adivinó que ese infinito sólo puede alcanzarse, quizás, en la posesión de todo lo finito; de ahí su vocación de sabio y artista".

Autodidacto, Leonardo exploró el mundo con tanta devoción que volcó sus observaciones en más de 13.000 hojas que llenó de caracteres apretados. Escribía en clave —al revés, de derecha a izquierda— para burlar la curiosidad del profano y no ser acusado de herejía. Sus diarios terminarán conformando una suerte de enciclopedia del saber humano donde caben desde apuntes sobre el vuelo de las moscas hasta las leyes de la óptica.

UN INICIADO. Sin embargo, la dispersión y la multiplicidad convergen en la unidad. "Todo nace de todo y todo se vuelve todo", escribirá Da Vinci. Su filosofía de la naturaleza, dice Brion, no está lejos de la que resulta del taoísmo. Abrevó en los saberes de su época, que no eran precisamente científicos.

"Recordemos que las ciencias parten del esoterismo. De la alquimia sale la química; de la astrología, la astronomía" —señala el crítico de arte Rafael Squirru. "En el Renacimiento circula un gran conocimiento esotérico, y resulta imposible pensar que alguien como Leonardo no era un iniciado".

¿Cómo se manejaba este hombre con la Iglesia, cuyos encargos dieron pie a muchas de sus obras más famosas? Le prodigaba una "olímpica indiferencia", describe Racionero. "Si bien sus conocimientos más profundos los ponía en sus cuadros, tampoco allí son evidentes" —previene. "Si hubieran estado claros, esos cuadros ya habrían estado quemados".

El choque entre los pedidos de sus protectores y los múltiples intereses de Leonardo fue una constante fuente de tensión. El duque de Milán, Ludovico Sforza (quien le encargó La última cena), le pedía la organización de fastuosas fiestas cortesanas, y César Borgia lo empleó como ingeniero militar. Pero él prefería visitar la morgue y abrir cadáveres para estudiar la anatomía humana o seguir el vuelo de los pájaros que compraba y liberaba en el mercado de Florencia, obsesionado como estaba en diseñar alas que le permitieran volar.

Pero es en sus cuadros —insisten los entendidos— donde se condensa de manera más sublime la sabiduría que este curioso empedernido persiguió toda la vida.

"El mensaje esotérico de Leonardo está en la figura del andrógino, es decir la mezcla, psicológica antes que física, de la sensibilidad femenina y masculina" —afirma Racionero, para el que lo que se dice de Da Vinci en la novela es fruto de la imaginación de Brown.

Se ha dicho de La Gioconda que en verdad es el retrato del pintor. Que mientras su modelo posaba los músicos tocaban para crear en el espíritu de la mujer la armonía que el artista quería plasmar. Brion, para quien ese rostro de levísima sonrisa contiene todos los sentimientos y al mismo tiempo la ausencia de todo sentimiento, dice que el artista depositó allí el alma del universo, concebida como un principio femenino. Da Vinci nunca pudo desprenderse de ese cuadro, en cuya ejecución empleó más tiempo que Rafael Sanzio en pintar el Vaticano.

Y Francesco Giocondo, el caballero que le había encargado —sencillamente— el retrato de su esposa, se quedó con las manos vacías, por la decisión del artista.

Este hombre de sexualidad incierta, que nunca se casó ni tuvo hijos, que se alimentaba básicamente de pan, huevos y frutas y que habría hecho un viaje al Oriente del que no hay más pruebas que su vívido relato, conoció períodos de desaliento atroz y siempre anduvo en aprietos económicos. Llegó a angustiarle la cantidad de proyectos inconclusos que dejó a lo largo de la vida.

DIAS TRANQUILOS. Además de La Gioconda, hay otras dos obras —la Santa Ana y el San Juan Bautista, con su enigmático dedo alzado hacia el cielo y no hacia la cruz—, que Da Vinci lleva consigo y cuyos retoques prolonga hasta su última morada, el castillo de Cloux, a orillas del Loira, en la corte de Amboise, donde por fin encuentra un buen pasar y hasta la admiración del propio rey de Francia, Francisco I. Allí muere a los 67 años, en 1519. Algunos sostienen que en brazos del mismo rey. Apenas un año antes había escrito en sus diarios una palabra que ahora, ante la muerte, cobraba todo su significado: "Continuaré".

No le faltó razón. Tanto su vida —llena de enigmáticos vacíos— como su obra —ambigua y salpicada de símbolos— siguen siendo, cinco siglos más tarde, un misterio inagotable.

Un éxito desde su aparición

Encabezó la lista de libros más vendidos en Estados Unidos, según The New York Times por más de un año. En España ingresó y mató con más de un millón de ejemplares —según datos de El País de Madrid— en muy pocos meses.

Irrumpió en el mercado latinoamericano el año último y fue un boom de ventas comparable solo con Harry Potter, al punto de que encabeza la lista de libros más vendidos en la mayoría de los países de acuerdo con información de la agencia AP. Pero no sólo eso.

El código Da Vinci, del norteamericano Dan Brown, levantó al mismo tiempo una polvareda de críticas, especialmente en ámbitos católicos.

En clave de thriller, la novela plantea la búsqueda del Santo Grial, que no es el cáliz de la Ultima Cena sino los restos de María Magdalena, con quien Jesús habría tenido una hija, Sarah. Tanto el Vaticano como el Opus Dei han expresado su malestar por aquello que, más allá de la ficción, el libro de Brown pretende hacer pasar por cierto abrevando principalmente en dos libros: El enigma de lo sagrado, de los ingleses Baigent, Leigh y Lincoln, y La revelación de los Templarios, de Lynn Picknett y Clive Prince.

Protagonistas secundarios

El Priorato de Sion

Su creación La Orden de Sión, según los Archivos secretos de la Biblioteca Nacional de París, fue creada por Godofredo de Bouillon en 1090, nueve años antes de que llegase a Jerusalén la Primera Cruzada, donde se fundó la abadía de Santa María del monte Sión, la sede de la orden en Tierra Santa.

Su poder Luis XII de Francia llevó a su país a 95 miembros de la orden tras la Segunda Cruzada y les concedió terrenos.

Grandes maestres En 1188 adoptó el nombre de Priorato de Sión. Desde entonces, su actividad es un misterio, aunque los Archivos secretos guardan la lista de sus Grandes Maestres entre 1188 y 1918, Jean Cocteau, Sandro Botticelli, Leonardo da Vinci, Isaac Newton o Victor Hugo podrían haber sido algunos de sus dirigentes.

El priorato, hoy En 1981, un artículo daba cuenta de una reunión celebrada en Blois, en la que se eligió Gran Maestre a Pierre Plantard de Saint-Clair, de supuesta ascendencia davídica.

-

Orden del temple

Su creación La Orden de los Templarios fue fundada en 1118 por Hugues de Payens y ocho caballeros más con el nombre de Orden de los Pobres Caballeros de Cristo. Lo hicieron para ofrecerse al rey Balduino de Jerusalén como protectores de los peregrinos que viajaban a la Ciudad Santa.

Ejército religioso Balduino los acomodó en los terrenos del antiguo Templo de Salomón, del que tomaron el nombre de Caballeros del Temple. En esa época eran el ‘brazo armado’ del Priorato de Sión

Riqueza y poder Llegaran pronto a la orden, hasta el punto de que sólo dependía del Papa. En los primeros años excavaron el suelo del Templo de Salomón, aunque se ignora qué buscaban. La tradición les atribuye el conocimiento del grial, del que se les considera guardianes.

Su final La orden fue acusada de herejía en el siglo XIV, y en 1314, su Gran Maestre, Jacques de Moray, fue quemado en la hoguera. Pero jamás se dio con su tesoro ni con el secreto que custodiaba.

(Fuente: El País de Madrid)

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar