Sin más vuelta

Si estamos pensando en un mundo más justo y equitativo, la información debería considerarse como parte del patrimonio común de la humanidad. Sin ella, se hace casi imposible combatir con éxito la pobreza, la marginación y la corrupción. Pero como la información es poder, a pesar de haberse multiplicado las bases de datos y aumentado la capacidad de tratamiento de la información, existen muchos intereses creados en torno a su disponibilidad. Los volúmenes son gigantescos y la tendencia es a concentrar la información más relevante en sistemas centralizados, lo que equivale decir, en pocas manos. Entonces, algo tan esencial para el desarrollo de los pueblos como la producción y el acceso a la información científica y tecnológica, se convierte en propiedad exclusiva de algunos grupos de investigadores, de grandes instituciones o empresas industriales, interesadas en dominar los mercados para transformar sus esfuerzos e inversiones, en cuantiosas ganancias, y por qué no, también en fama y prestigio. El asunto a resolver es cómo compatibilizar los intereses económicos con las necesidades de la gente. ¿Es posible lograr un cierto equilibrio entre los parámetros económicos y éticos que debe regir toda actividad de investigación y desarrollo tecnológico? Desde luego que sí. El hecho de que sea una tarea difícil no significa en lo más mínimo que dejemos de cumplirla. Las empresas que invierten sumas siderales de dinero en investigación lo hacen con la expectativa de obtener ganancias con la venta de los resultados. Para ello, les resulta esencial la apropiación del conocimiento. En otras palabras, su pretensión es que cualquiera que utilice o usufructúe sus descubrimientos, pague por ello. La guerra desatada entre los competidores también se proyecta en forma directa hacia la gente; es la que padece sus secuelas. ¿Hasta dónde es aceptable privatizar el conocimiento? ¿Cuáles son las fronteras que no se deben transponer? En este terreno seguramente se disputarán los enfrentamientos más críticos del siglo XXI. Pues hay muchos temas pendientes a resolver como por ejemplo, la valoración de los saberes tradicionales que tanto han aportado a la tecnología más rentable de nuestra época, sin que ello se refleje a la hora de reconocer méritos, y menos aun, de repartir regalías. Pero existe otro gran problema a resolver en nuestras sociedades, en esta carrera por la popularización del conocimiento. Nos referimos al proceso regresivo experimentado por nuestras sociedades, en lo que respecta a la educación de la gente. De qué sirve avanzar en la democratización de la información si la población, considerada en su conjunto, recibe una educación de baja calidad para las necesidades de la época, e incluso peor a la de hace algunas décadas. Qué vamos a hacer con los crecientes sectores sociales que directamente están hoy al margen de la educación formal. Cuando falla esta plataforma básica pierde sentido hacer tanto hincapié en la esencialidad de la educación, de la ciencia y la tecnología, pues ésta, en los hechos, va dirigida a un estamento privilegiado de la sociedad en materia educativa.

Está claro que necesitamos impulsar una sociedad respaldada por el conocimiento, donde logremos que éste, sumado al uso y al aprovechamiento de los avances resultantes de la investigación, formen parte de las culturas locales. ¿Cómo? Respetando la cultura de cada país pero, a la vez, reconociendo la dimensión universal de la ciencia. Proponerlo es fácil, pero avanzar en ello en nuestros países, muy difícil. El concepto de alfabetización ha cambiado dramáticamente en los últimos decenios. Por lo menos reconozcamos que el problema existe, y que el desafío ya debería estar planteado.

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