Hay que entrar poco a poco en este rompecabezas veteado de cinismo y de humor. Una madre desequilibrada (Nicole Garcia) llega desde España a París para visitar a su hija (Sandrine Kiberlain) que está divorciada, vive en los suburbios con un hijito y sobrelleva discretamente su celebridad como escritora. Lo que la película hereda de una novela de la inglesa Ruth Rendell (la misma de La ceremonia de Chabrol) es una narración ramificada, que va abriéndose a medida que aquel retrato de dos mujeres corre junto a otra historia, la de una camarera vulgar (Mathilde Seigner), que también tiene un hijo y se mueve entre un nuevo amante, un patrón violento y un poderoso criminal que la acecha. Ese follaje se ampliará todavía más cuando asoman un ex-marido de Kiberlain, un par de investigadores policiales, un médico enamorado, un ex-novio de Seigner y algunos manejos fraudulentos. A cierta altura, ese desfile en apariencia disperso comienza a unificarse: un niño muere, otro es secuestrado, hay búsquedas, denuncias y revuelos en torno al hecho mientras el amplio abanico de personajes finalmente se pliega hasta dibujar una sola intriga.
No sólo hay ingenio sino también una mirada penetrante en ese puzzle, porque el carácter de varios personajes muy dispares, sus orígenes, conflictos y emociones parecen cuidadosamente observados. Lo notable del método es que recurre a datos breves y precisos (una palabra, un gesto, un llamado, un silencio) para formular esas pistas, capaces de iluminar la perturbación de una mujer, la promiscuidad de otra, los sentimientos de un hombre o la culpa de otro, mientras entran en escena los azares de la vida: varios hechos que parecen casuales o aislados, afectarán tarde o temprano a todos los personajes, confluyendo en el embudo de un final vodevilesco. Las invisibles puntadas de ese hilván comentan risueñamente un cuadro veteado de locura, delito, rencor, melancolía, soledad, estafa, violencia criminal y muerte.
Sin dejar de confrontar sagazmente una ‘banlieue’ parisina arbolada y residencial, con los arrabales en cuyos bloques de apartamentos sobrevive una masa de marginales e inmigrantes, esta comedia coral (y tan perversa) demuestra con qué holgura maneja sus hilos el director y co-libretista Claude Miller en una etapa de madurez de su carrera. Ese talento sesentón había hecho antes otras historias agridulces, con vetas de agudeza y ribetes de crueldad (La quiero con locura, Casi una mujer, Preludio para un amor), rasgos que aquí siguen vigentes para abrir y después cerrar este delta donde tanta gente se cruza y se desencuentra, dejando finalmente un residuo alentador: el vínculo entre una mujer y un niño sobrevivirá a cualquier vaivén. De paso, el juego de Miller tiene participantes muy valiosos, desde la máscara dolida con que Sandrine Kiberlain resuelve a su protagonista, hasta la rotunda crudeza de Mathilde Seigner para retratar a la camarera o el desenfado de Edouard Baer en sus acrobacias ilícitas. Junto a todos ellos, la crepuscular Nicole Garcia demuestra que los años pueden hacer doblemente fascinadora a una mujer de su estampa y su temperamento.