El atentado terrorista contra las oficinas de las Naciones Unidas en Bagdad cobró, por lo menos 18 muertos y más de cien heridos. Entre los primeros se encuentra el Representante Especial de la organización mundial en Irak, Sergio Vieira de Mello. Este se suma a otros dos altos funcionarios de las Naciones Unidas caídos mientras cumplían con su cometido de asegurar la paz. El primero fue el Conde Bernadotte, asesinado en Jerusalem, mientras se desempeñaba como mediador entre los judíos y árabes (1948). El segundo fue Dag Hammarskjold, el segundo Secretario General de las Naciones Unidas y Premio Nobel de la Paz. Murió en 1961, cuando su avión fue derribado por mercenarios, durante una misión en el Congo.
Lo sucedido tiene sus raíces en acontecimientos producidos hace más de una década. En agosto de 1990, Iraq invadió a su pequeño vecino, Kuwait, desencadenando una importante crisis internacional. El zarpazo dado por el gobernante iraquí, Saddam Hussein, tuvo tres consecuencias críticas: constituyó una violación flagrante del Derecho internacional, le aseguró una proporción importante de las reservas mundiales de petróleo y de gas natural, y amenazó con modificar profundamente el equilibrio del poder en el Medio Oriente. Todo ello resultó inaceptable, no solamente para los países de la región, sino también para las principales potencias. En un ejemplo de cooperación internacional, las Naciones Unidas aplicaron el Capítulo VII de la Carta de la organización, referente a las amenazas a la paz, quebrantamientos de la paz o actos de agresión. Los Estados Unidos lideraron una amplia coalición internacional, legitimada por las Resoluciones de la ONU y respaldada por una sólida base de opinión pública internacional.
La guerra del Golfo culminó en una completa derrota militar de los ejércitos iraquíes (los cuales, en aquel momento, estaban pertrechados con las armas más modernas producidas por los países del Pacto de Varsovia). Sin embargo, las Naciones Unidas y, más específicamente la Casa Blanca, no llevaron las acciones bélicas a sus últimas consecuencias: no se ocupó el territorio iraquí y Saddam Hussein siguió en el poder. En cambio, se adoptó una estrategia multilateral, centrada en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, para controlar al gobernante iraquí, obligarlo a renunciar a sus armas químicas y biológicas, y proteger algunas minorías, como los kurdos en el norte de ese país.
La reciente invasión de Iraq ha demostrado ser un proceso muy diferente. Las acciones militares emprendidas por los Estados Unidos, con el apoyo del Reino Unido, no estaban respaldadas por las Naciones Unidas. Incluso quedaron en evidencia desacuerdos profundos entre los argumentos esgrimidos por aquellas dos potencias, para justificar su acción, y las conclusiones a que habían arribado los inspectores de la organización mundial, en cuanto a las armas de que disponía Saddam Hussein. Otro factor importante es que, a pesar de sus esfuerzos, ni Washington ni Londres consiguieron obtener el respaldo de la opinión pública mundial, o en el Oriente Medio, con que habían contado una década antes.
El ejército de Iraq, que después de una década de bloqueo era una maquinaria anticuada, se diluyó rápidamente. Todavía no se han encontrado las armas de destrucción masiva. Luego de una breve campaña, con muy pocas bajas, las fuerzas de la coalición ocuparon el país. El gobierno dejó de existir, junto con la mayor parte de la administración pública, sin la cual no puede funcionar un Estado medianamente moderno. Es el caos.
¿Realmente alguien pudo haber pensado que de la historia de ese pueblo, de las ruinas de la guerra y del repentino derrumbe de sus instituciones, iba a brotar, fuerte y vigorosa, la dulce planta de la democracia? No ha sido así. Lo que está aconteciendo demuestra, otra vez, que es posible utilizar las bayonetas para muchas cosas, menos para sentarse sobre ellas. El problema ahora es cómo resolver esta situación. Seguramente ha llegado la hora de las Naciones Unidas.