Todo lo contrario

Un eslogan de frecuente aparición, con el que pretenden definirse ciertos sectores de izquierda y algunas organizaciones sindicales es el que reza más o menos así "por un país solidario y productivo". Esa u otra parecida leyenda, suelen encontrarse hasta para alentar el chaparrón de convocatorias a los referéndum y plebiscitos, que desde hace más de una década, han ido convirtiendo las leyes dictadas por el Parlamento, en un orden jurídico permanentemente condicionado, frágil, inseguro, que queda condenado así a un largo suspenso. Y nuestras instituciones representativas, a su vez, en una democracia permanentemente cuestionada.

Naturalmente que eso de "productivo y solidario" es envolverse en una nube difusa, que nada contiene; o si algo contiene, no es precisamente lo que allí se hace figurar, a juzgar por el proceder y el comportamiento político de quienes se proclaman sus voceros.

En efecto, el cotejar el comportamiento con el rótulo con el que a veces gustan definirlo, es el camino más certero para descubrir el significado que asignan en la vida real a esas invocadas vaguedades, y qué seriedad tiene esa invocación tan neblinosa, como para convertirla en anunciado rumbo y bandera de combate.

Alcanza con andar unos pasos por ese camino, para comprobar lo que ya nos temíamos: que las palabras lejos de decir lo que parecen decir, suenan a una coartada, para conducirse más cómodamente en la dirección contraria: que el país sea cada vez menos solidario, y que además, menos produzca y más se empobrezca.

Solidario implica comunidad, de intereses, de vínculos; la percepción de la presencia de otros seres humanos con sus necesidades, sus derechos, sus aspiraciones, sus dolores y privaciones. Es una acción positiva, que tiende a compartir, a aliviar, no a desgarrar, ni a tomar a los otros de rehenes, casi siempre a los más débiles, a los de menos recursos, para ver de imponer nuestras decisiones y obtener las ventajas que reclamamos. En este último caso no son simplemente los deberes de la solidaridad los que contrarían esta clase de actitudes, sino que es el simple deber de respeto a los derechos elementales de los otros.

¿Qué tiene de solidario, por ejemplo, la ocupación de los hospitales que al desplazar la competencia de sus mandos naturales, priva con ello al ser humano, de las garantías y de las responsabilidades del régimen de derecho, cuando se halla precisamente más necesitado de asistencia? ¿Qué el imponer al enfermo, tantas veces encerrado en su angustia, dolorido, a cuestas con el propio miedo sobre su suerte, encontrarse de pronto convertido en rehén de las reclamaciones de otros en un ámbito que, naturalmente, es de confrontación, nerviosismo, bien propicio a la desatención de unos y al desasosiego e intranquilidad de los otros? ¿Qué tiene de solidario un sorpresivo paro del transporte, que deja de pronto sin medios de traslado colectivo, a la gente que ha salido confiada en el funcionamiento del servicio público, y que suele ser en su inmensa mayoría, la que no tiene automóvil propio para desplazarse? ¿Qué esa convocatoria al odio, al desprecio del derecho, que ha sido una constante en buena parte de la prédica de estos "apóstoles" de la solidaridad?

En cuanto al país "productivo" nada tienen que ver con él: el paro general hecho rutina; el consciente desaliento a la inversión; el peso del Estado que ahoga y que siempre quieren hacer un poco más pesado, los monopolios que encarecen los servicios, aliados de la ineficiencia y del fracaso, y las cien formas más de parálisis en las que tanto empeño ponen sus voceros.

El flechado pues está al revés... A donde en cambio apunta, es a aquello de: "cuanto peor el país,... más cerca de llegar..."

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