Uruguay, un país que juega a la defensiva

| "Los uruguayos se sienten arriba de un barco que pelea contra el viento y las olas, y que trata de salir de la tormenta, pero donde nadie sabe hacia qué puerto vamos (...) Falta gente que tenga claro cuál es ese objetivo"

ALVARO J. AMORETTI

El presidente de Zonamérica, el contador Orlando Dovat, lamentó que el Uruguay se haya transformado "en un país que juega permanentemente a la defensiva" y en el que "todos miran el presente y algunos el pasado, pero nadie se atreve a mirar más lejos", y consideró que tras la crisis económica y financiera "los uruguayos se sienten arriba de un barco que pelea contra el viento y las olas, y que trata de salir de la tormenta, pero donde nadie sabe hacia qué puerto vamos".

"Falta alguien que le diga a la gente que todavía nos esperan vientos fuertes y olas enormes, pero que es fundamental atravesar esta tormenta para llegar a un objetivo. Y también falta gente que tenga claro cuál es ese objetivo", señaló Dovat.

Durante una entrevista concedida a El País en el parque tecnológico y centro de negocios que imaginó a mediados de los años ochenta, el empresario aseguró que en Uruguay "políticos tenemos muchos, verdaderos líderes muy pocos", y dijo que el presidente Jorge Batlle llegó al gobierno con "un sueño", pero se vio "trabado" e "impedido de hacer algunas cosas" por parte del sistema político.

"Batlle es un hombre muy bueno, muy honrado, pero que no pudo romper con algunas trabas que pone el sistema político. Y que debió haber apelado a la gente, para encontrar en la gente la fuerza para vencer al sistema político y hacer todo lo que soñaba, que fue lo que lo llevó al gobierno. Y no lo hizo", indicó.

El que sigue es un resumen del diálogo que El País mantuvo con Dovat.

—Usted siempre ha dicho que Zonamérica es el resultado del trabajo de un grupo de personas que tuvo un sueño, creyó en él y luchó para hacerlo posible. ¿Cree que el Uruguay, como país, tiene su propio sueño colectivo?

—Creo que cada uno de nosotros tiene un sueño, pero que lo que nos está faltando, como país, es la capacidad de tener un sueño colectivo. Necesitamos ponernos de acuerdo en un sueño, porque sólo cuando todos seamos capaces de soñar las mismas cosas el Uruguay podrá tener una visión de cuál debe ser su futuro.

—¿Hoy no la tiene?

—Personalmente creo que no. Al Uruguay lo veo como un país donde todos miran el presente y algunos el pasado, pero nadie se atreve a mirar más lejos. Y si nadie se anima a pensar en el pasado mañana, no puede haber una visión de futuro. Y eso me asusta.

—¿Por qué?

—Porque el Uruguay se ha transformado en un país que juega permanentemente a la defensiva. Y en el mundo de hoy no se puede vivir a la defensiva. Hay que arriesgar. Hay que apostar. Y para apostar hay que tener un sueño, una visión de futuro.

—¿La dirigencia política uruguaya no tiene ese sueño o esa visión de futuro a la que usted alude?

—No. Yo veo que todos vamos en un barco que soporta una tormenta muy fuerte, quizá la más fuerte que hayamos pasado. Y no veo a nadie en ese barco que sea capaz de levantar la cabeza para decirnos hacia dónde debe ir la nave. Y entonces uno se siente arriba de un barco que pelea contra el viento y las olas, y que trata de salir de la tormenta, pero donde nadie sabe hacia qué puerto vamos. Y eso no debería pasar.

—¿Qué falta? ¿Saber hacia qué puerto vamos o comunicar adecuadamente la decisión a quienes viajan en la nave en medio de la tormenta?

—Las dos cosas. Falta alguien que le diga a la gente que todavía nos esperan vientos fuertes y olas enormes, pero que es fundamental atravesar esta tormenta para llegar a un objetivo. Y también falta gente que tenga claro cuál es ese objetivo. Y es una pena, porque cuando se le explican los objetivos y las dificultades que hay que atravesar para llegar a ellos, los uruguayos siempre están dispuestos a asumir el sacrificio. Lo grave es que se pidan esfuerzos sin explicarle a la gente para qué se pide el esfuerzo.

—¿Y eso qué es? ¿Falta de liderazgo de la clase política?

—No tenga dudas. En este país, si bien hay liderazgo de partidos, nos están faltando líderes que interpreten al conjunto de la sociedad, personas jóvenes con una visión moderna del mundo. Falta alguien que nos haga entender a todos que ya no podemos vivir la vida esperando que Argentina y Brasil nos saquen del pozo. Que tenemos que asumir nuestros propios riesgos, por nuestros propios sueños. Y eso tiene que hacerlo el dirigente político.

—¿Por qué?

—Porque el político tiene la obligación de pensar en términos de largo plazo. Debe administrar para resolver los problemas del hoy, pero tiene el deber de mirar al mañana, de ver más lejos. Nos están faltando líderes. Políticos tenemos muchos, verdaderos líderes muy pocos.

—¿Y usted no ve a ningún dirigente político con el liderazgo que el país necesita?

—Veo que no hay renovación en los partidos. Que deberían abrirse instancias para que aparezcan líderes nuevos.

—Y si no hay líderes nuevos, ¿a quién cree que va a votar la gente? ¿Al mejor articulador de acuerdos? ¿Al más innovador?

—No creo que vote al más innovador. Porque no hay tiempo, antes de las próximas elecciones, para vender un proyecto integral de cambio. En las elecciones la innovación generalmente no se presenta como un conjunto de ideas que conducen al progreso de la gente. Se la presenta a través de ideas aisladas, casi como un concurso de ideas donde aparece algo muy acotado y aplicable a un sector muy específico. La innovación es una cultura y hay que trabajar mucho para lograrla. La gente está muy confundida, y no le va a ser fácil elegir el candidato. Porque, digamos la verdad, esto no lo soluciona una persona, ni un partido. Lo soluciona un proyecto de país, liderado por personas que creen en él.

—¿Y el presidente Batlle? ¿Lo defraudó?

—El doctor Batlle llegó al gobierno con un sueño. Yo siempre coincidí con el sueño del doctor Batlle e incluso lo acompañé en ese sueño durante muchos años. Discrepo hoy con el presidente en su estrategia para comunicarse y compartir sus ideas con el pueblo.

—¿A qué se refiere?

—A que si uno tiene un sueño y tiene una visión, tiene que transmitírselo a la gente y embarcarla en la misma nave.

Durante 36 años, el Dr. Batlle transmitió una idea: hay que modernizar la sociedad, producir con nuevas tecnologías, exportar servicios, educar en nuestras universidades para producir. Batlle es un gran político pero no se manifestó ante su pueblo desde la Presidencia. No usó de sus virtudes como comunicador para convencer a los ciudadanos de sus ideas.

—¿Aunque lo que haya para comunicar sean malas noticias?

—Aunque sean malas noticias. Creo que se deben compartir tanto los problemas como los proyectos. La gente necesita que alguien le diga hacia dónde vamos.

—No me respondió si se sentía defraudado por el gobierno del presidente Batlle.

—Es que yo no puedo dejar de reconocer que el doctor Batlle se vio trabado, impedido de hacer algunas cosas. Eso lo tengo que tomar en cuenta.

—¿Trabado por quién?

—Por el sistema político, que no le permitió hacer algunas cosas.

—¿Cuáles?

—Mire, yo pienso que el doctor Batlle es un hombre muy bueno, muy honrado, pero que no pudo romper con algunas trabas que pone el sistema político. Y que debió haber apelado a la gente, para encontrar en la gente la fuerza para vencer al sistema político y hacer todo lo que soñaba, que fue lo que lo llevó al gobierno. Y no lo hizo.

—¿Al Uruguay le falta un presidente capaz de romper con el sistema político?

—Es una buena pregunta. Creo que hay muchas lealtades hacia los partidos políticos que no se corresponden con la lealtad que hay que tener con el país. Un gobernante debe ser alguien más leal al país que a los partidos o al sistema político, sin que ello signifique violentar la ley ni la Constitución.

—¿Y cuál es la solución? ¿Que aparezca un outsider?

—No, porque un outsider también puede ser algo peligroso.

—¿Y entonces?

—La clave está en renovar los partidos políticos y en que los líderes de hoy faciliten para que, en sus propias filas, surja gente nueva, y nuevos líderes. Porque sin líderes no vamos a llegar muy lejos. Tenemos un ejemplo hoy, como es la iniciativa del doctor (Julio) Sanguinetti en estos eventos denominados "El Debate Impostergable", que están permitiendo que concurran a la sede del Partido Colorado personas de todos los partidos. La intención, creo, es la de ventilar la Casa del Partido Colorado y permitir que ideas de otra gente y de otros partidos hagan carne en el Partido Colorado. No estoy diciendo que este es el único camino, pero sí que es un camino. Por lo menos se está intentado hacer cosas nuevas.

—Usted habla de la falta de liderazgo político. ¿No falta también en el Uruguay un fuerte liderazgo empresarial?

—No hay duda de que falta. Lo que pasa es que el propio sistema empuja a los empresarios a que se asocien para influir en él. Es tanta la influencia que tiene el Estado en los costos y en las ganancias de las empresas, que esta situación demanda mucho tiempo de todos los empresarios. Y entonces, finalmente, los empresarios se reúnen sólo para defenderse del Estado o para pedir al Estado que levante barreras que eviten la competencia del exterior. Y esta última es, justamente, la línea que va en contra de su propio futuro.

Marcado por la profesión paterna

El diálogo abierto y profundo que desde muy pequeño mantuvo con su padre, un contador público que trabajó como bancario, fue gerente general de varias empresas privadas y terminó su carrera como asesor del Directorio del Banco Comercial, lo marcó desde sus primeros años.

De ese padre, el contador Orlando Dovat heredó el amor por una carrera que a pocos apasiona y la costumbre por desmenuzar los problemas y encontrarle, a cada uno, la solución adecuada. Sin embargo, siempre lamentó que aquel hombre tan inteligente, del que tanto aprendía en cada conversación, hubiera trabajado invariablemente en relación de dependencia.

"Lo ví siempre aportando todo su conocimiento al servicio de una causa que no siempre era la suya. Y tal vez por eso yo he sido siempre tan independiente. Y seguramente por eso yo nunca he sido empleado de nadie", recuerda hoy Dovat.

La carrera de contador la hizo despacio, alternando los libros con los primeros trabajos. Junto a su compañero de estudios y amigo, Daniel Carriquiry, a quien había conocido en el Seminario, había montado un estudio desde el que se llevaba la contabilidad de pequeñas empresas.

A comienzos de los años setenta un laboratorio internacional lo contrató como auditor local primero y como líder de su desembarco en México después. Y fue precisamente en suelo azteca, donde trabajó entre 1975 y 1978, y donde incluso nació una de sus hijas, que Dovat advirtió el potencial de desarrollo que tenía su país. "Mi padre me mandaba cartas pidiéndome que no me volviera, porque en México me iba a ir mejor. Y yo no veía la hora de volverme, porque sentía que en el Uruguay estaba todo por hacerse", agrega.

Cuando regresó, no tenía otro trabajo que su estudio contable, pero disponía de algunos ahorros y de mucho tiempo para pensar. Ya por entonces estaba convencido de que Uruguay podía ser un centro de distribución internacional, una plaza financiera y un centro jurídico para compañías internacionales que operaran en la región, y comenzó a trabajar para convertir ese sueño en realidad.

Lo primero que hizo fue escribir artículos en los que exponía su idea. Los repartía entre amigos y algunos potenciales inversores, dice con nostalgia. Para cuando el entonces ministro Ricardo Zerbino comenzó a trabajar en 1985 en la reforma de la Ley de Zonas Francas, Dovat ya tenía planos, dibujos y desarrollos de lo que primero fue la Zona Franca de Montevideo y hoy es Zonamérica.

"Mucha gente no me entendía, y muchos otros me ponían obstáculos, y creo que mi principal virtud fue saber siempre hacia dónde iba. Si uno toma el proyecto de Zona Franca de Montevideo tal cual fue presentado al Poder Ejecutivo, y lo lee hoy, ve que ya a mediados de los ochenta hablábamos de estaciones satelitales, y que imaginábamos cosas que todavía hoy faltan hacer", asegura Dovat.

Programa "Imagine Uruguay"

La Fundación Zonamérica —que el propio Dovat colaboró a fundar y presidió—, busca financiamiento para implementar un programa denominado "Imagine Uruguay", que prevé consultar a unos 300.000 uruguayos de diferentes edades, condiciones sociales y niveles educativos acerca de cuál es el país que sueñan entregar a sus hijos dentro de veinte años.

"Si uno le pregunta hoy a un uruguayo cómo ve el futuro inmediato, seguramente la respuesta estará cargada de pesimismo. Pero si le preguntamos cómo será el país que recibirán sus hijos en el año 2024, vamos a obligar a esa persona a mirar más lejos, más alto, y a soñar, y a dar su visión del futuro del país. Porque cuando uno hace preguntas inteligentes, recibe respuestas inteligentes", explica Dovat.

El programa —que tiempo atrás fue implementado con éxito en la ciudad estadounidense de Chicago— solicita al entrevistado que imagine un horizonte y luego le lleva a definir los pasos que, a su juicio, las autoridades y la sociedad deberían instrumentar a efectos de alcanzar ese futuro posible.

"Queremos tener pronto ese trabajo el año próximo, y entregárselo a cada uno de los candidatos que se postulen a la Presidencia de la República, para que sepan cuáles son los sueños y la visión de futuro que tienen los uruguayos", asegura Dovat.

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