El personal político —o si Ud. lo prefiere, la estructura
política en funcionamiento— entrega todos los días al
público una voluminosa cantidad de propuestas,
opiniones, planteos y consignas. Esa producción
diaria, de calidad desigual, tiene un porcentaje
considerable de hojarasca, dentro de la cual aparecen
frases que se repiten. En virtud de esa recurrencia
esas frases empiezan a cobrar prestigio y algunos
operadores políticos se encandilan, se enamoran de
ellas, las recogen y las repiten cada vez con mayor
fervor partidario o aun patriótico. Se trata de frases o
consignas que no tienen un especial valor ni nada de
particular, pero han tenido suerte y, vaya a saber por
qué, se destacan en la producción diaria.
Una de esas frases —consignas con suerte— es
aquella referida al modelo de país. Viene en diferentes
presentaciones: tenemos un modelo de país que hay
que cambiar, proponemos otro modelo de país, el
gobierno nos impone un modelo de país espantoso,
etc.
Este tipo de discurso, con sus semitonos y
variaciones, es el preferido de una categoría de
actores políticos que el lector podrá ubicar con
facilidad en cualquiera de los partidos. Ese enfoque
ocupa horas y horas de entrevistas radiales y
quilómetros cuadrados semanales de papel impreso.
En ese léxico maniobran todos los que, en principio,
están en contra. Rechazan lo que han bautizado como
modelo de país sin tomarse mayor trabajo en
ilustrarnos un poco sobre los rasgos concretos de ese
modelo que condenan y tampoco esclarecen con un
mínimo de detalle cómo sería el modelo sustitutivo, es
decir, aquello que aspiran a poner en lugar de lo que
ahora está.
Algunos otros, no vaya a creer que tantos, con cierta
conciencia de la vacuidad de una prédica que no
consigue detallar ni las características perversas de lo
que llaman el modelo vigente ni, menos, las que
adornarían al modelo alternativo, se ponen a trabajar
para proporcionar un contenido más preciso al asunto
y una descripción más concreta. En una primera
instancia introducen el término neoliberal, utensilio
multiuso de fácil aplicación, que les permite decir que
un modelo es malo por estar infectado de este virus o
que sería bueno, por estar libre de él (con o sin
vacunación).
Los más emprendedores —también a ellos el lector
sabrá identificar tanto en su partido como en el de al
lado— hablan de un modelo productivo, de la
economía real y otras expresiones similares e
intercambiables. Esto ya es más vistoso. Pero es tan
útil (e indiscutible) como afirmar que vale más ser
sano y rico que pobre y enfermo (vale más un modelo
productivo que uno improductivo y una economía real
que una irreal y chocolate por la noticia).
Este tipo de generación de propuestas políticas o
económicas se corona con el famoso planteo:
tenemos que discutir qué tipo de país queremos. Pero
cuando se llega a este punto todo lo anterior se hace
aterradoramente visible (para quien tenga
efectivamente disposición de ver). Porque en un país
tan politizado como el nuestro y donde la injerencia del
estado es tan fuerte, la discusión sobre qué clase de
país queremos o qué modelo económico no es otra
cosa que un eufemismo para decir/encubrir hacia
dónde y en beneficio de quiénes se pretende que
vayan los dineros públicos.
Piénselo, lector; nadie discute ni se interesa por los
emprendimientos particulares que son efectivamente
particulares. El tratamiento público del tema sobre los
modelos de país o las políticas económicas es sólo
eso: ¿a quién se va a subvencionar? o ¿a quién se va
a exonerar de impuestos? La discusión es sobre
quién se va a quedar con los dineros del estado.