Domingo 20 de julio de 2003 | Año 85 - Nº 29434
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Juan Martin Posadas - El sistema político y el periodismo suelen engendrar controversias famosas que a veces sirven para encubrir lo que se pretendía dilucidar.
El modelo de país

El personal político —o si Ud. lo prefiere, la estructura política en funcionamiento— entrega todos los días al público una voluminosa cantidad de propuestas, opiniones, planteos y consignas. Esa producción diaria, de calidad desigual, tiene un porcentaje considerable de hojarasca, dentro de la cual aparecen frases que se repiten. En virtud de esa recurrencia esas frases empiezan a cobrar prestigio y algunos operadores políticos se encandilan, se enamoran de ellas, las recogen y las repiten cada vez con mayor fervor partidario o aun patriótico. Se trata de frases o consignas que no tienen un especial valor ni nada de particular, pero han tenido suerte y, vaya a saber por qué, se destacan en la producción diaria.

Una de esas frases —consignas con suerte— es aquella referida al modelo de país. Viene en diferentes presentaciones: tenemos un modelo de país que hay que cambiar, proponemos otro modelo de país, el gobierno nos impone un modelo de país espantoso, etc.

Este tipo de discurso, con sus semitonos y variaciones, es el preferido de una categoría de actores políticos que el lector podrá ubicar con facilidad en cualquiera de los partidos. Ese enfoque ocupa horas y horas de entrevistas radiales y quilómetros cuadrados semanales de papel impreso. En ese léxico maniobran todos los que, en principio, están en contra. Rechazan lo que han bautizado como modelo de país sin tomarse mayor trabajo en ilustrarnos un poco sobre los rasgos concretos de ese modelo que condenan y tampoco esclarecen con un mínimo de detalle cómo sería el modelo sustitutivo, es decir, aquello que aspiran a poner en lugar de lo que ahora está.

Algunos otros, no vaya a creer que tantos, con cierta conciencia de la vacuidad de una prédica que no consigue detallar ni las características perversas de lo que llaman el modelo vigente ni, menos, las que adornarían al modelo alternativo, se ponen a trabajar para proporcionar un contenido más preciso al asunto y una descripción más concreta. En una primera instancia introducen el término neoliberal, utensilio multiuso de fácil aplicación, que les permite decir que un modelo es malo por estar infectado de este virus o que sería bueno, por estar libre de él (con o sin vacunación).

Los más emprendedores —también a ellos el lector sabrá identificar tanto en su partido como en el de al lado— hablan de un modelo productivo, de la economía real y otras expresiones similares e intercambiables. Esto ya es más vistoso. Pero es tan útil (e indiscutible) como afirmar que vale más ser sano y rico que pobre y enfermo (vale más un modelo productivo que uno improductivo y una economía real que una irreal y chocolate por la noticia).

Este tipo de generación de propuestas políticas o económicas se corona con el famoso planteo: tenemos que discutir qué tipo de país queremos. Pero cuando se llega a este punto todo lo anterior se hace aterradoramente visible (para quien tenga efectivamente disposición de ver). Porque en un país tan politizado como el nuestro y donde la injerencia del estado es tan fuerte, la discusión sobre qué clase de país queremos o qué modelo económico no es otra cosa que un eufemismo para decir/encubrir hacia dónde y en beneficio de quiénes se pretende que vayan los dineros públicos.

Piénselo, lector; nadie discute ni se interesa por los emprendimientos particulares que son efectivamente particulares. El tratamiento público del tema sobre los modelos de país o las políticas económicas es sólo eso: ¿a quién se va a subvencionar? o ¿a quién se va a exonerar de impuestos? La discusión es sobre quién se va a quedar con los dineros del estado.

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