Jorge Abbondanza
Como lo indican sus respectivos nombres, el Reino Unido y Estados Unidos se unieron para invadir Irak, un país de territorio algo mayor que Francia y de población similar a Polonia. En dicho ataque les fue casi tan bien como a la vieja Alemania cuando conquistó a esos dos vecinos europeos hace seis décadas. Las potencias anglosajonas tenían motivos para lanzar en marzo su operativo militar: Irak poseía armas de destrucción masiva, desarrollaba un proyecto nuclear para el que había comprado uranio procesado a Níger, su gobernante Saddam Hussein mantenía vínculos con la red terrorista Al Qaeda, ese dictador era un peligro para otros países de la región y tiranizaba a un pueblo al que británicos y estadounidenses querían llevar los beneficios de la democracia. La invasión resultó breve y sencilla: culminó en tres semanas de operaciones entre el 20 de marzo y el 10 de abril, al cabo de lo cual el régimen y la resistencia iraquíes se desplomaron.
Tres meses después de esa guerra, empero, hay novedades que dejan perplejo a cualquier observador del episodio:
1) minuciosas inspecciones no han encontrado hasta hoy las armas de destrucción masiva (bacteriológicas, químicas ni nucleares). Ninguna de ellas fue utilizada por Irak en su defensa ante la invasión. Esa amenaza sigue siendo un enigma, pero figuró desde comienzos de año en los discursos del presidente norteamericano y el primer ministro inglés.
2) la CIA encargó en febrero de 2002 una investigación a cargo del exdiplomático norteamericano Joseph Wilson, que viajó a Níger y comprobó que la venta de uranio a Irak (supuestamente concretada a fines de los 90) nunca tuvo lugar. Las dos minas de uranio de Níger —según detalla un cable de AFP— "están administradas por intereses franceses, alemanes, españoles, japoneses y nigerianos" de manera tal que "si el gobierno de Níger hubiera querido vender uranio, habría debido notificar al consorcio, que a su vez está estrictamente supervisado por la Agencia Internacional de Energía Atómica". Como dijo Wilson, "los informes de Inteligencia relativos al programa de armas nucleares de Irak, fueron distorsionados para exagerar la amenaza". Tales declaraciones figuraron el domingo 6 de julio en la columna que Wilson publicó en The New York Times.
3) en marzo, poco antes de la guerra, la Agencia de Energía Atómica dijo al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que "la información sobre el uranio se basaba en documentos falsos", dato corroborado por Michael Anton, vocero del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos, aunque "fue utilizado por el gobierno de Washington para justificar la guerra" y figuró en el mes de enero en el discurso de George Bush sobre el Estado de la Unión, hecho que ahora le reprocha duramente el diario The Washington Post. El senador norteamericano Jay Rockefeller agregó el martes 8 que "los vínculos entre Irak y Níger eran claramente falsos", pero el informe elevado hace un año por Wilson nunca se hizo público.
4) los datos sobre armas iraquíes de destrucción masiva figuraron en un informe de febrero de 2003 que el gobierno británico manejó para legitimar la invasión. Luego se supo que ese informe "había sido mayormente plagiado de la tesis de un estudiante californiano", lo cual puso al gobierno de Londres en el peor aprieto de los últimos tiempos.
5) las relaciones de Saddam con Al Qaeda demostraron ser no sólo inexistentes: esa red terrorista miraba al exgobernante iraquí como un enemigo del fundamentalismo propagado por Bin Laden, dado que su régimen era despótico pero laico y opuesto a la ideología de los grupos integristas de Irak, que debieron exiliarse mientras duró ese gobierno.
6) pese a todo ello, Tony Blair declara que "la validez de las informaciones no se pone en duda" y rechaza "cualquier insinuación de que engañamos al Parlamento y a la gente", insistiendo en que "los servicios de Inteligencia dieron información correcta". Los hechos desmienten clamorosamente a Blair, pero él no modifica su planteo.
7) cabe preguntarse entonces si Saddam y sus armas eran un peligro para otros países de la región y del mundo, como proclamaron las potencias invasoras antes de que esa amenaza iraquí se derrumbara en veinte días de combate. Y cabe igualmente reflexionar sobre la calificación del régimen de Bagdad como "estado fascista" cuya opresión los anglosajones aplastaron (a un costo de 10.000 civiles muertos) para implantar una democracia, empeño que por el momento se traduce en los siguientes hechos: las escuelas y universidades iraquíes están semivacías de alumnos que no concurren a clase por los extremos de inseguridad que se viven en las calles, las mujeres han comenzado a salir con velo por temor a represalias de grupos religiosos extremistas, los atentados contra las tropas de ocupación se reiteran diariamente con heridos y muertos, al mismo ritmo se suceden los allanamientos de viviendas, la policía local es impotente para frenar saqueos y asaltos, la población de Bagdad (5.000.000 de habitantes) sufre escasez de agua, sólo dispone de electricidad durante dos horas por día y encuentra muy difícil conseguir medicamentos, a tres meses del fin de las hostilidades.
Mientras tanto, Estados Unidos debe mantener 146.000 soldados en Irak y 63.000 en Kuwait para enfrentar una realidad que el politólogo iraquí Saad al-Jawwad definió así en declaraciones al diario norteamericano The Seattle Times: "a cualquiera que vive en la desesperación ¿qué le queda por hacer? No tiene más remedio que empuñar las armas ante quienes ocupan su país y no hacen nada por él o por su familia. ¿Dónde está la democracia? ¿Dónde está la electricidad? ¿Dónde está el agua?". En todo caso, los ocupantes saben dónde está el petróleo.