Los jóvenes ya no saben

EL informe es temible para unos y seguramente desconsolador para otros: fue presentado en fecha reciente al Parlamento nacional, a partir de lo cual se ha divulgado. Se trata de un estudio encomendado por la Universidad Católica hace algunos meses, del cual surgen respuestas dadas por jóvenes ubicados entre los 18 y los 29 años de edad. Según ese sondeo, el setenta por ciento de los muchachos "no sabe quién era presidente de la República en el momento del golpe de Estado de 1973", el cincuenta y tres por ciento "no recuerda en qué año tuvo lugar la caída de las instituciones" y otro setenta por ciento "no es capaz de recordar el nombre de ninguno de los dictadores" que ha tenido el país. Al margen de tales desconocimientos y olvidos, "un seis por ciento de los consultados mencionó a Jorge Pacheco Areco como presidente uruguayo durante la dictadura" lo cual es equivocado porque ese mandatario había dejado su cargo a comienzos de 1972.

PUEDE ser desmoralizador enfrentarse a tales registros, porque significan que una franja de la población uruguaya (parte de la cual cursa estudios universitarios o ha pasado por el nivel secundario) es incapaz de manejar puntos de referencia que parecen básicos para organizar y entender un pasado nada remoto de la vida del Uruguay: el presidente Bordaberry, el golpe de junio de 1973, los nombres de Latorre o Gabriel Terra, entre otras nociones de parecida importancia para memorizar lo indispensable. Hace algunos años, una encuesta de alcance similar se había realizado entre estudiantes de Alemania y de ese trabajo surgió que un porcentaje nada insignificante de esa juventud ignoraba quién había sido Adolf Hitler, mientras un margen de respuestas aseguraba que Hitler había sido un alcalde de Berlín. Eso se ha reiterado recientemente en estudios cumplidos entre la juventud estudiantil de Francia, con baches de información sobre el pasado político y cultural de ese país que pueden alarmar a cualquiera.

NO es entonces un problema uruguayo. El desconocimiento se convierte en un problema internacional que puede agravarse hasta el sobresalto cuando las preguntas cursadas a los jóvenes de hoy pretenden ampliar su radio hacia ciertas áreas más espinosas: quién gobierna hoy en países turbulentos como Israel o Palestina, quién lo hace en otros países demonizados por Estados Unidos (como Irán o Corea del Norte), quiénes son los dirigentes políticos latinoamericanos de la actualidad, quiénes presidieron el Uruguay durante el sigo XX, quiénes gobiernan hoy en zonas vecinas —y mercosurianas— como Paraguay, Brasil o Argentina. Sería bueno preguntar a los estudiantes uruguayos quiénes gobiernan hoy en Alemania, Italia, Gran Bretaña, Rusia o España, porque ese sencillo desafío puede estrellarse contra un desconcierto similar al que caracterizó sus respuestas en torno a un hecho capital de la década del 70 en este país.

DETRAS de ese problema hay otro. Habría que debatir sobre la urgente necesidad de modificar planes de enseñanza que por lo visto no rinden frutos de imprescindible memorización, ubicación o conocimiento. La indiferencia con que muchos jóvenes se internan en el estudio de la historia, el desinterés con que manejan datos que se evaporarán luego de la prueba (escrito, examen) para la cual se barajaron, integran un panorama de desencuentro entre docentes y alumnos revelador de algo que no funciona debidamente y puede tener desalentadoras consecuencias a futuro, cuando esta franja de uruguayos en pleno proceso de formación llegue a integrar la clase dirigente del país, cosa que sucederá en un futuro nada lejano. Habrá que ver entonces cómo se razona a partir de referencias, recuerdos e índices comparativos que se desvanecen, se descartan o se apagan.

EL amor por el conocimiento, con el prolijo archivo de datos que suele acompañarlo, no es un hecho aislado ni casual. Deriva de cierto apego por el estudio, cierta comprensión del valor que tiene la información precisa, cierta sintonía consciente con el esfuerzo de los profesores y cierto interés por el pasado histórico. Sin ese apego, esa comprensión, esa sintonía y ese interés, no hay cultura ni vida útil para integrarse a una sociedad que cada día necesita más la interpretación del pasado para proyectar el futuro.

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