La Habana I Andrea Rodríguez
La imagen que ofrece el humilde soldador cubano Oscar Blas Fernández del novelista norteamericano Ernest Hemingway es muy diferente a la que han divulgado aquellos reseñistas y biógrafos que tildan al autor de El viejo y el mar de pedante, machista y francamente grosero. Para Fernández, en cambio, Hemingway era "el mejor de los (norte)americanos".
"Nací el 3 de febrero de 1930. Tengo ahora 73 años. Cuando conocí a Hemingway tenía diez", relata este hombre, que según afirma mantuvo la amistad del escritor durante varios años. Fernández y otra docena de muchachos humildes de la localidad de San Francisco de Paula vieron a Hemingway un día del verano de 1940 en la puerta de la Finca Vigía, que el escritor compraría algún tiempo después.
Hemingway vivió allí por largas temporadas hasta julio de 1960, cuando regresó definitivamente a los Estados Unidos. No duraría mucho tiempo más: el premio Nobel de Literatura de 1954 se suicidó de un balazo en la cabeza en la localidad de Ketcham, estado de Idaho, el 2 de julio de 1961.
"Nos reuníamos un grupo de niños que queríamos jugar pelota (béisbol). En aquel tiempo hablar con las personas mayores nos estaba prohibido. El se bajó de su carro y se puso a conversar", cuenta Fernández. Para los pequeños fue una sorpresa: había otros vecinos norteamericanos en la arbolada localidad, pero ninguno daba importancia a estos muchachos.
"Nos preguntó si nosotros jugábamos en la Finca Vigía y nosotros le contestamos ‘No míster, ahí hay perros y nos pueden morder’. El nos dijo: ‘Cuando yo comprar Finca, ustedes poder jugar y comer fruta"’, indicó Fernández.
Poco después Hemingway cumplió su promesa, compró la Finca y las puertas se abrieron. Más aún, el escritor mandó a buscar a los jovencitos y les presentó a sus hijos Gregory y Patrick.
"El hablaba buen español. Nosotros teníamos nuestros apodos y nos fuimos presentando, a mí me decían Cayuco", reflexionó. "El mandó a buscar bates y un guante para cada posición del equipo y ¡figúrese! nosotros nunca habíamos tenido algo así. Siempre jugábamos con guantes rústicos hechos de trapo". Día tras día, la magnífica residencia estuvo abierta para estos niños.
"En la entrada de la Finca había un campo con césped. El con todos los niños formó dos equipos, puso grandes y chiquitos para que fuera justo. El era muy honesto", señaló Fernández.
Allí se comían frutas y por las cálidas tardes los chiquillos correteaban y jugaban sin cesar. "Nunca, nunca lo vi molesto", aseguró.
El éxito del béisbol infantil fue tal que un día Hemingway subió a los niños a su automóvil y los llevó al Club de Cazadores del Cerro. Tras el partido, Hemingway les ofreció refrescos. Entonces incluso el equipo tenía un nombre "Estrellas de Gigi", que era el apodo del hijo menor del novelista.
A su vez, los muchachos contribuyeron a la biografía de Hemingway al darle su apodo cubano de "Papa". "Sus hijos le decían papa, papa, (sin acento debido a su pronunciación inglesa) y nosotros comenzamos a repetirlo", recordó Fernández.
La amistad del niño con Ernest Hemingway se mantuvo hasta mediados de la década de 1940, incluso cuando no estaban en la Finca los hijos del escritor. "Para mí fueron los días más felices. Yo era un niño muy humilde, no tenía guantes ni juguetes... ¿Que cómo lo recuerdo? Como un hombre sonriente, al que le encantaban los niños", concluyó Fernández. AP