SI en el invierno de 1984 —pronto serán diecinueve años— cuando los militares que entonces mandaban en el país negociaron con el Partido Colorado y con el Frente Amplio las condiciones de la transición de la dictadura hacia la restauración institucional, a alguien se le hubiera ocurrido requerir explicaciones sobre la suerte de las personas desaparecidas bajo el régimen de facto o plantear una solución sobre el tema, no hubiera existido el Pacto del Club Naval. Por supuesto que aquél era el momento teóricamente adecuado a ese fin, pero nadie abrió la boca. Quiere decir que implícitamente el Frente Amplio acordó con los militares que no habría revisionismo. El Partido Colorado lo admitió por la parte que le tocaba, al votar la Ley de Caducidad. El Frente en cambio lo niega, lo negó siempre y al negarlo, miente. Pero esa mentira la capitaliza en su beneficio mientras el resto del país no le da importancia a la desfachatez. El Frente acordó con su silencio, que no habría revisionismo. No debe haber un solo compatriota que no sepa que la dictadura terminó cuando y porque los militares se dieron cuenta que ya no daba para más, porque si seguían en el gobierno terminarían mal ante una coyuntura internacional que se les mostraba como francamente adversa, pero sin aceptar una sola condición que no les gustara.
Y a diferencia de sus colegas argentinos, salieron intactos. Por supuesto que eso lo sabían todos los frentistas de la época, y no puede existir uno solo de buena fe que no sepa y que no acepte que el Frente pagaba cualquier precio por comprar su reivindicación política. Lo demás, era lo de menos, lo que importaba era sólo salir. Esa y no otra fue la verdad absoluta. Todo lo otro, depende de cómo se contó después la historia.
Dos años después, recién instalado el gobierno democrático, cuando el Poder Judicial sin norma que se lo impidiera dio trámite a denuncias por desaparición de personas y como por derecho correspondía citó a militares para que prestaran su testimonio, el Comando del Ejército hizo saber que ninguno de ellos habría de presentarse a declarar. Es decir, lisa y llanamente anunció el desacato, y de allí a un nuevo golpe de Estado no había más que un paso. Fue entonces que con el aporte decisivo de la mayoría del Partido Nacional encabezada por Wilson, se hizo jugar la ética de la responsabilidad y se sancionó la Ley de Caducidad que con criterio eminentemente realista, ajustándose a "la lógica de los hechos" —que vaya si era una sola— vino a darle un marco jurídico formal a la realidad que había estado "subyacente" o "sobrevolando" en el Club Naval.
Se reconoció entonces —ese es el verbo adecuado— que había caducado la pretensión punitiva del Estado respecto de los delitos cometidos por militares, policías y asimilados en determinado período, y en lo que se refiere a los desaparecidos se cometió al Poder Ejecutivo —no al Poder Judicial— las averiguaciones correspondientes.
Pasó el tiempo hasta que una Comisión designada por el Presidente en funciones e integrada con personalidades de relieve, se abocó a una profunda y exhaustiva investigación sobre la suerte de esos desaparecidos llegando a los resultados más satisfactorios que pudo, de acuerdo con lo que la legislación en vigencia le permitió hacer.
POR su parte el grupo de familiares de los desaparecidos insólitamente responsabiliza a políticos que no menciona el haber dado un aval a los militares de 1984 —como si estos que gobernaban dictatorialmente lo hubieran necesitado— para hacer desaparecer los restos. Por ello "Familiares" exige la investigación judicial.
Este disparate es la consecuencia de una sorprendente desubicación dentro del contexto de la historia y de la legislación nacional. Es lamentable, pero mucho más lo es —y cuando la marcha tradicional del 22 de mayo habrá de comprobarse— la adhesión incondicional, irrestricta, descaradamente falluta e hipócrita de toda la izquierda del país, diseminada en el Frente y satélites que la aglutina, en los sindicatos que la condicionan, y organizaciones sueltas mal maquilladas con cosméticos ordinarios que no disimulan la finalidad política que las inspira. Es, y siempre fue, la misma izquierda que no quiso porque no era lo que le importaba, plantear el tema en donde correspondía haberlo tratado, esto es, en el Club Naval.
CONSEGUIDO que fue el objetivo que la desvelaba desde entonces y hasta hoy, la estrategia frentista ha sido la de exhibirse como abanderados de la reivindicación de valores morales, éticos, humanistas y hasta patrióticos, mientras los partidos tradicionales pagan el tributo de cargar con su ingenuidad o su omisión, guardando silencio y regalando espacios que no va a ser fácil recuperar. Esta flagrante deformación de la verdad histórica, es la que se está haciendo digerir con fórceps pero con sutileza también a la juventud, por una enseñanza pública insidiosa y malintencionada, contaminada políticamente hasta la médula. Entonces hay derecho a preguntarse si en el país se ha perdido el resto para contar los hechos como fueron y denunciar la mentira más grande con que se ha intoxicado a su pueblo. ¿No hay nadie que salga al cruce de estas barbaridades? ¿Toda la carga de desenmascarar esta vergüenza la tiene la prensa?