J. A.
En la primera escena de la película, un periodista judío se suicida en plena sede de la Sociedad de Naciones "para llamar la atención del mundo sobre los atropellos que se están cometiendo en la Alemania nazi". Ese impacto inicial coloca al espectador en el umbral de una de las áreas más sombrías de aquel momento histórico: la Solución Final del problema judío emprendida por el Tercer Reich en los campos de exterminio del Este. En el centro del relato hay un personaje real, el oficial Kurt Gerstein, perteneciente a las SS y experto en química, a quien se debe la invención del gas letal Zyclon B. El hombre cumple con sus funciones (entre otras cosas ha logrado erradicar el tifus del frente de batalla) pero sin embargo ignora el empleo genocida que se da a su producto. Cuando descubre finalmente el horror, trata de sabotear los operativos criminales que lleva adelante el régimen y procura encontrar aliados para su lucha: tomará contacto con la Iglesia protestante, con funcionarios de la Embajada de Suecia y luego con Riccardo Fontana, un joven jesuita que trabaja en la Nunciatura Apostólica en Berlín y que es en cambio un personaje inventado por el autor. Ese sacerdote intenta llegar hasta el papa Pío XII para denunciar el holocausto y lograr que el pontífice alerte al mundo sobre aquella atrocidad.
El planteo provenía de una pieza teatral (El Vicario o Der Stellvertrete) que el alemán Rolf Hochhuth había estrenado en 1963 y que en Montevideo se conoció dos años después. Allí se cuestionaba la actitud prescindente de Pío XII ante la masacre de los judíos, pero se extendía el alegato hacia otros culpables, como las autoridades aliadas (Inglaterra, Estados Unidos) "que sabían la verdad y no hacían nada al respecto". Los argumentos manejados por el Vaticano para no actuar de manera frontal contra los crímenes nazis, incluyeron "excelentes razones —según dice con ironía el crítico francés Paul-Louis Thirard— entre las cuales figuró la necesidad de proteger a los católicos alemanes" y no enfurecer al régimen hitleriano para evitar que se volviera contra ellos. La excusa ha figurado junto a razonamientos más turbios: Hitler era quien se oponía al comunismo soviético y por lo tanto la Iglesia (entre otros poderes) eligió "al enemigo principal, como decía Mao, condicionando a ello sus actitudes políticas" y subordinando toda reacción ante el holocausto a esa obsesión contra el materialismo ateo encarnado en el stalinismo.
Famoso por sus temas de raíz política en un cine que desde los años 60 ha levantado polémicas y ha respaldado su fama (Z, La confesión, Estado de sitio, Desaparecido, Mucho más que un crimen), el griego Costa-Gavras incursiona aquí en un campo turbulento y delicado. El libreto que él mismo escribió junto con Jean-Claude Grumberg, adapta la pieza de Hochhuth "manteniendo el carácter de una adaptación teatral que se asume como tal, sin tomar el camino de una recreación histórica exacta o seudo-documental". Según reseñas de la prensa francesa, Amén maneja "un hermoso tema, el del individuo que se rebela contra una sociedad injusta o criminal y que puede ser un alemán contra el nazismo, un norteamericano contra el macarthismo, un francés contra la opresión colonial, un polaco contra el stalinismo". La virtud de la película "consiste en mostrar a las instituciones cuestionadas con rasgos matizados, evitando el maniqueísmo: allí se muestra el papel de las Iglesias, los Estados Unidos, los países neutrales y hasta el apoyo que el pueblo alemán presta al régimen nazi, sin excluir el patriotismo de una nación en guerra que tiene su propio sufrimiento". Ese equilibrio es lo que otorga mayor interés al enfoque de Amén.
Como dijo el crítico argentino Fernando López, una virtud de lo que propone el film "es la deliberada austeridad: ante el horror, prefiere sugerir y no mostrar, y ante las omisiones o la complicidad de los poderosos, elige la ironía y el sarcasmo". Eso no le impide describir la indiferencia contra la cual se estrella aquel sacerdote en sus gestiones, "mientras los trenes nazis siguen circulando con sus contingentes de víctimas". El mismo López alude al famoso afiche que el diseñador italiano Oliviero Toscani (notorio por sus campañas para Benetton) creó para Amén, donde la cruz cristiana se confunde con la svástica y que desencadenó cuestionamientos que han llevado a suprimirlo: "en realidad, el tono del film no condice con ese brulote tan directo y escandalizador", señala el crítico. La vía que eligió Costa-Gavras "rechaza el efectismo —observa el francés Thirard— y elude toda imagen de judíos torturados o asesinados en los campos, optando por una gratificante compensación": la de un ritmo narrativo y una firmeza en la conducción de los actores que otorgan al resultado una convicción profunda.
a juicio. En el fondo de ese enfoque se busca "generar la discusión poniendo en tela de juicio la actitud asumida por los poderosos del mundo, que en conocimiento de las monstruosidades que se cometían en la Alemania hitleriana, prefirieron mirar hacia un costado o callar, poniendo por encima del deber moral y la solidaridad humana, el cálculo de las conveniencias políticas". En torno a la conducta de Pío XII se ha dicho de todo durante las últimas décadas: desde voces que lo acusan de haber sido complaciente con el nazismo y deliberadamente silencioso ante sus peores crímenes, hasta judíos prominentes que elogiaron al pontífice por "elevar su voz a favor de las víctimas cuando el martirio se abatió sobre nuestro pueblo" (Golda Meir), "haberse pronunciado contra la campaña hitleriana cuando suprimió la libertad. Expreso mi admiración y mi aprecio por esa Iglesia que tuvo el valor de luchar por las libertades morales y espirituales" (Albert Einstein) o "reconozco que ningún otro Papa ha sido tan magnánimo con los judíos" (rabino David Dalin).
Pero otro de los valores de la película de Costa-Gavras es el de recrear un tema cuyo reflejo sobre la actualidad mundial es indesmentible. Por eso se habla de "las resonancias siempre vigentes de lo que expone ese relato. Su dilema ético se plantea no sólo en momentos históricos similares, sino en cualquier situación ante la certeza de arbitrariedades o abusos del poder (de cualquier poder), cuando se vuelve imperioso elegir entre el silencio y el compromiso, entre la complicidad y la denuncia". Esa lucha del Bien y el Mal surge de Amén como una confrontación permanente y muestra "la necesidad de no quedar como simple espectador de la historia", ni ayer ni hoy.
El premio Lumière a mejor película fue para "Amen"
PARIS - Elpremio Lumière a la mejor película de 2002 fue otorgado este viernes por la Academia Lumières, que agrupa a 200 corresponsales extranjeros en París, a Amén, del director francés Constantin Costa-Gavras. El Lumière al mejor realizador fue para François Ozon por su película 8 Mujeres. Cédric Klapisch recibió el premio al mejor guión, por la película española L’Auberge Espagnole (Piso compartido), que también se llevó la recompensa a la esperanza femenina: Cécile de France.
Jean Rochefort por su acutación en L’Homme du Train (El hombre del tren), de Patrice Leconte, e Isabelle Carré por su papel en Se souvenir des belles choses (El recuerdo de bellas cosas) de Zabou Breitman, conquistaron la estatuilla otorgada a al mejor actor y actriz.
En la categoría joven esperanza masculina, el galardonado fue Gaspard Ulliel por Embrassez qui vous voudrez (Bese a quien quiera), de Michel Blanc.
Por primera vez en su historia, la Academia también premió con el Lumière al mejor film francoparlante producido fuera de Francia. El trofeo fue atribuido a los realizadores belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne por la película Le Fils (El hijo).
Durante la ceremonia, animada por Frédéric Mitterrand y presidida por la actriz Carole Laure, los participantes han rendido homenaje al presidente de Unifrance, Daniel Toscan du Plantier, quien murió a los 61 años. Este había sido el responsable del lanzamiento, en 1995, de los Premios Lumières junto con Edward Behr, periodista estadounidense de la revista Newsweek.
Creado sobre el modelo de los Golden Globe norteamericanos, estos trofeos recompensan a la producción cinematográfica francesa. AFP