Qué fantástica es la fiesta

Jorge Abbondanza

Hollywood ya se pronunció. Dijo que la ceremonia del Oscar no se suspenderá por ningún motivo. Aunque empiece una guerra en Irak, la fiesta del cine se realizará como estaba previsto el domingo 23 de marzo, y si sobre esa fecha ocurriera alguna catástrofe mayor (¿mayor que la guerra?) podrá en todo caso postergarse unos días, como ya sucedió con el Emmy después del 11 de setiembre de 2001. Eso demuestra que la industria tiene sus prioridades, y que el duelo por las muertes en el frente de combate no es una de ellas. Al fin y al cabo, el ánimo de la gente puede distenderse un poco mirando cómo Nicole Kidman o Salma Hayek pasean por el escenario.

Los negocios son los negocios. No es cuestión de cancelar una ceremonia cuya transmisión en directo convoca por televisión a 1.000 millones de espectadores y permite vender publicidad a 1.300.000 dólares el medio minuto. Al margen de lo cual, se sabe que las películas premiadas suelen redoblar su impacto en la boletería: los cines de Bagdad probablemente no las exhiban en esos días, pero los circuitos de Londres y Nueva York son otra historia. Probablemente, las celebridades dirán frente al micrófono alguna frase emotiva para aludir a la guerra, que al fin de cuentas es un tema que no debe ser omitido por las buenas conciencias, pero eso no empañará el desfile de vestidos y joyas, con cuyo resplandor podrá compensarse el de los misiles.

También los aplausos en la sala ayudarán a mitigar el estruendo de la batalla, que de todas maneras queda muy lejos, más allá del Eufrates. La lejanía de ciertos países ha sido una excusa histórica para que las potencias se desentiendan de la suerte de naciones pequeñas: Neville Chamberlain ya había dicho en 1938 que sería desproporcionado pedirle al Imperio Británico entrar en una guerra por la remota Checoslovaquia, con lo cual autorizó a Hitler a mutilarla quedándose con los Sudetes. Después Chamberlain tuvo que entrar en guerra por la remota Polonia, eventualidad a tener en cuenta ahora porque —como es sabido— la historia siempre se repite y el propio Irak es un ejemplo de pequeñez y lejanía, igual que aquel otro.

Los millones de aficionados al cine podrán tranquilizarse ya que tendremos Oscar, como siempre, permitiendo a Hollywood enarbolar una vez más la herramienta de la fantasía y la irrealidad, con las cuales decora y hornea su pastel de escapismo. Un colega sagaz ya observó que los cinco títulos que este año compiten por el trofeo de mejor película, ubican su acción en el pasado: mediados del siglo XIX en Pandillas de Nueva York, los años 20 en Chicago, las primeras décadas del siglo XX en Las horas, la del 40 en El pianista y una vaga antigüedad nibelunga en El señor de los anillos. Nada de actualidades lacerantes o incómodas referencias a la realidad que pueden poner a libretistas, productores y realizadores entre la espada y la pared de la Ley de Seguridad Interna.

En Hollywood por lo tanto es aconsejable mirar hacia atrás y ocuparse del lumpen neoyorquino de 1830, las flappers asesinas de 1928, el virtuosismo musical de una víctima del nazismo o los desplantes de una novelista neurótica en la Inglaterra de ayer, como sugieren las candidaturas. En la época del macarthysmo (1947-1960) ya pasaba algo idéntico con el cine norteamericano, y ahora los malos tiempos han vuelto, aunque por lo visto no tan malos como para cancelar una fiesta.

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