El momento del cine argentino

| También importó "Lugares comunes", una historia de amor y política de Adolfo Aristarain

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PUNTA DEL ESTE I GUILLERMO ZAPIOLA

El paradójico auge del cine argentino se ha venido reflejando en la programación y la presencia de visitantes de la muestra Un cine de Punta, que se lleva a cabo desde el pasado domingo en el cine Cantegril de Punta del Este, con una ampliación al complejo Hoyts Cinema. Directores como Adolfo Aristarain o Pablo Trapero, un actor popular como Arturo Puig, están o estuvieron en Punta, películas como Lugares comunes de Aristarain o Un oso rojo de Adrián Caetano se han exhibido ya, exhibiendo diversos niveles de interés (la segunda es una obra mayor), y se aguarda con expectativa la exhibición de El bonaerense de Trapero, otro de los films importantes que la Argentina lanzó al mundo el pasado año.

RIOPLATENSE. Un viejo chiste afirma que todo uruguayo que tiene éxito en la Argentina (desde Florencio Sánchez a Horacio Quiroga y, naturalmente, Gardel) se convierte de un día para otro en "rioplatense". Habrá que decir entonces que Israel Adrián Caetano, que nació por aquí cerca pero ha hecho carrera en Buenos Aires, puede llegar a convertirse en el cineasta rioplatense más interesante de la historia. En todo caso, tras su trabajo en el corto (un episodio de Historias mínimas), su codirección junto a Stagnaro de Pizza, birra, faso y las interesantes La expresión del deseo y Bolivia, Caetano ha saltado a un nivel más "profesional" (presupuesto desahogado, escenas de acción, intérpretes conocidos como Julio Chávez y Soledad Villamil) con Un oso rojo, que parece un policial pero es en realidad un "western" muy naturalmente ambientado en un suburbio de Buenos Aires.

Del "western" proviene la aureola mítica que envuelve a su antihéroe Chávez, que sale de la cárcel, intenta recuperar la vida familiar que ha perdido (su ex-mujer convive con otro hombre), vuelve a caer en el delito y termina embarcado en un operativo justiciero que implica varios despliegues de violencia. Alguna gente ha objetado el final, en el que Chávez se convierte en una suerte de Clint Eastwood del suburbio, pero incluso allí el film cumple con sus reglas de género: tal vez no deberían ser aceptadas en un ejercicio de realismo documental, pero valen en una actualización de la épica.

Sin embargo, Un oso rojo importa igualmente por su inserción "realista", que no estorba sino que enriquece el otro aspecto. Es muy creíble y humana su observación de personajes comunes con problemas reales (la Argentina de la pobreza y el desempleo), el juego de reticencias y afectos que acercan a padre e hija o producen fricciones entre los tres principales personajes adultos, y es particularmente sutil el modo como el punto de vista de la cámara adopta de pronto el de un personaje para valorar dramáticamente un incidente que ese sujeto contempla. No sobra una línea de diálogo en Un oso rojo, ni hay un plano que parezca durar más de lo necesario. Uno de los reales sustentos del film es empero la presencia de Julio Chávez, un asombroso actor "físico" (de la escuela de los Mitchum, los Wayne, los Kitano) que llena la pantalla en cada escena.

ARISTARAIN. En la conferencia de prensa que ofrecieron el mediodía del lunes, el director Adolfo Aristarain y su actor Arturo Puig defendieron con inteligencia su film Lugares comunes, en el que también actúan Federico Luppi y Mercedes Sampietro. Aristarain sostiene que no hay "concesión a la coproducción" (Lugares comunes fue financiado mayoritariamente por capitales españoles) en el hecho de que la acción transcurra en la Argentina y Madrid, y haya actores de los dos países, empezando por la excelente Sampietro. "No pienso en esas cosas: simplemente las historias me salen".

Y hay ciertamente elementos personales en el film: el punto de partida es una novela inédita de su hermano Lorenzo Aristarain, el guión fue escrito por el director junto a su esposa Kathy Saavedra e incorpora probablemente elementos de su propia experiencia de vida, Luppi sigue siendo una especie de "alter ego" del cineasta (Aristarain habla de manera cada vez más parecida a Luppi, o viceversa).

El director afirma sin error que su película es, sobre todo, una historia de amor maduro: ciertamente, el examen de un entrañable vínculo de pareja es el aspecto que funciona mejor en ella. Hay que creerle menos, en cambio, cuando sostiene que, pese a que es imposible no trasmitir una ideología o una visión del mundo cuando uno escribe o filma algo, "no ha pretendido hacer una película de tesis". Si algo resiente a Lugares comunes es un exceso de literatura y de discurso que rozan (y a veces cruzan las fronteras de) la demagogia. El un dato puede sorprender en un realizador que ha admirado siempre a los clásicos americanos y su sobriedad expositiva, pero la película quiere decir mucho sobre un país en crisis, gente sin ilusiones, irse o quedarse y la utopía de un mundo mejor, e incurre en la retórica.

Sus mejores momentos están en cambio en la menuda anotación de conductas, la felicidad y hasta el humor de algunos diálogos, la presencia estelar de Luppi que se recorta sobre un panorama mayor y a menudo cordobés. No es un film despreciable pero parece una mezcla de Un lugar en el mundo con Martín (Hache), los dos títulos previos de Aristarain, y resulta inferior a ambos.

Homenaje al "spaghetti western"

Esta noche se repite en el complejo Hoyts Cinema de Punta del Este el film español de Alex de la Iglesia 800 balas, que se exhibiera en la noche inaugural de la muestra Un Cine de Punta.

Hay un disfrutable componente cinéfilo en esta nueva película del realizador de Acción mutante, El día de la bestia, Muertos de risa y La comunidad: el protagonista (Sancho Gracia) es un "doble de riesgo" que tuvo sus momentos de gloria en los años sesenta, cuando se filmaron en Almería numerosos "spaghetti westerns", pero que casi cuatro décadas después sobrevive más bien penosamente con un modesto espectáculo del Viejo Oeste montado en los casi fantasmales decorados de Texas Hollywood. La aparición de un nieto que no lo conoce saca a relucir algunos dolores secretos del personaje, pero también lo embarca en una aventura en la que habrá cabalgatas, tiroteos y hasta un espectacular sitio policial con presencia de los medios de comunicación. En la entrelínea corre la reivindicación de ciertos valores elementales de lealtad y coraje, amenazados por los antivalores de la Era de las Corporaciones.

Lo que el director de la Iglesia arma con ese material es una comedia con punta dramáticas que se las arregla para ser a la vez divertida y emocionante, con alguna nota de calidez y profundidad (es muy buena la labor de Sancho Gracia) por detrás de sus diligencias lanzadas al galope, sus indios que se desploman ante el crepitar de los disparos de fogueo, sus "buenos" y sus "malos" que se disponen a matarse, las manos colgando cerca de las cachas de sus Colts 45, en un demorado duelo al sol. El film se beneficia con un buen aprovechamiento de la pantalla ancha y una jugosa partitura (pr Roque Baños) que parodia las notas de Ennio Morricone para la serie del Hombre Sin Nombre (Por un puñado de dólares, Por unos dólares más, Lo bueno, lo malo y lo feo) que Clint Eastwood protagonizó bajo las órdenes de Sergio Leone. Buena diversión.

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