EN estos días se han hecho públicas cifras relativas al
proteccionismo practicado por las grandes potencias
económicas mundiales. Los Estados Unidos de
América marchan al frente en esa materia, seguidos a
respetable distancia por la Unión Europea. El tercer
lugar lo ocupa el Japón, país decididamente
proteccionista. Ello lleva a una reflexión primaria.
Siempre se dice que el proteccionismo es
económicamente nocivo. Trataríase de una rémora a
eliminar. La realidad nos muestra, sin embargo, que
los países más prósperos del mundo son ferozmente
proteccionistas.
El Uruguay fue decididamente proteccionista a partir de
la crisis de 1929, como lo eran, durante las décadas
subsiguientes, casi todas las naciones. Su apertura
principió con el primero de los ministerios del señor
Vegh Villegas, a partir de 1974. el abatimiento de los
impuestos aduaneros, mal llamados aranceles, fue
sostenido, desde entonces. Y de aquella época data la
tesis, difundida en nuestro Uruguay con patente de
verdad axiomática, de que las economías mejoran
cuando eliminan o abaten las barreras arancelarias,
pues éstas sobrecargan el costo de producción de sus
artículos o renglones de exportación. Así, para producir
carne, trigo, arroz y lácteos, hay que preparar la tierra
con tractores y fertilizantes, que son importados.
Evidentemente, este razonamiento "cierra", como dicen
los contadores.
OCURRE, sin embargo, que no todo lo que
importamos entra en el costo de producción de
nuestras exportaciones. Así, por ejemplo, los melones
valencianos, los aceites argentinos y las frutas
chilenas. De donde resulta que, en esta materia,
razonar en forma lineal simplificada, conduce a
errores. Como el problema dista mucho de ser nuevo,
como se discute en torno a él por lo menos desde la
época de Colbert —el famoso ministro de Luis XIV—,
no puede extrañar que haya sido objeto de agudas
reflexiones por el Maestro Vaz Ferreira, quien, a lo
Terencio, podía proclamar: "Hombre soy y nada de lo
humano me es ajeno".
Afirmaba nuestro eximio pensador en tiempos de
ultraproteccionismo, durante la tercera década del
siglo pasado: "Ni la idea de libre cambio ni la de
proteccionismo pueden legítimamente sistematizarse
solas: sin duda, hay que combinarlas". Pero, en esa
combinación, hay una, la primera, que es idea
principal, y, otra, la segunda, idea complementaria,
una, idea directriz, y, la otra, idea correctiva.
Y el ideal es, así, un libre cambio general, corregido
por un proteccionismo racional, en el grado y la forma
que determinen un razonamiento justo y una
experiencia bien observada e interpretada" ("Algunas
conferencias sobre temas científicos, artísticos y
sociales", págs. 343-344).
Y añadía, para ayudar a enfocar correctamente el
problema, varios paralogismos habituales en esta
materia. O sea, de razonamientos falaces, pero con
visos de verdades. Al primero de ellos lo llamaba un
paralogismo inconsciente del proteccionista habitual".
A saber, "ser proteccionista para el país propio y no
para los otros países". "Esta es una historia harto
conocida —y sufrida— por todos los países
económicamente débiles, entre los que
lamentablemente nos contamos. Padecemos por el
proteccionismo francés, alemán, de los Estados
Unidos y el Japón. Pero, estas naciones, desde el
GATT, el Fondo Monetario, y cuanto organismo y evento
internacional existe, a través de sus tecnócratas y sus
académicos, nos exigen la apertura irrestricta de
nuestra economía. O sea, que nos recetan la
medicina, por momentos amarga, que sus
gobernantes jamás le hacen tomar a sus propios
pueblos. Por algo será.
Y está también el paralogismo "de la consideración
separada", así nominado por Vaz Ferreira. ¿Qué quería
decir, con ello, el Maestro? Que lo que es correcto
aplicado a una sola situación concreta o, en esta
materia, a la protección de un determinado producto,
deja de serlo si esa protección la aplicamos a todos y
cada uno de nuestros renglones productivos. Una
cosa aceptable y hasta beneficiosa puede ser, por
ejemplo, proteger nuestros vinos con impuestos
aduaneros. Pero si esos mismos impuestos pasan a
gravar toda mercadería proveniente del exterior, le
causamos un daño indudable al funcionamiento
general de nuestra economía.
SE nos dirá que de estos temas deben hablar los
economistas y no Vaz Ferreira, que no lo era. Que era
filósofo y gran pedagogo, eximio pensador sí, pero falto
de especialización en cuestiones económicas. Sin
embargo, dijo cierta vez Irureta Goyena, al despedir los
restos mortales de José Pedro Ramírez: "No me
demandéis en que culminó más... Os replicaría con
las palabras de Carlyle: El carácter fundamental del
gran hombre, es el de ser grande. Hay palabras en
Napoleón que son otras tantas batallas de Austerlitz".
Y Vaz Ferreira era, intelectualmente, muy grande. Un
ser superior, que honró al país y se honró a sí mismo.
Que se carteaba con Unamuno y que dialogó con
Einstein, a pedido de éste. Que no era, por cierto,
partidario del proteccionismo, pero tampoco su
adversario dogmático. Que le admitía, por fuerza de las
circunstancias, en dosis limitadas. Bueno es saberlo y
recordarlo.