DOMINGO 15 de diciembre de 2002- Año 85 -Nº 29223
Internet Año 7 - Nº 2333 | Montevideo - Uruguay
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Vaz Ferreira y el proteccionismo

EN estos días se han hecho públicas cifras relativas al proteccionismo practicado por las grandes potencias económicas mundiales. Los Estados Unidos de América marchan al frente en esa materia, seguidos a respetable distancia por la Unión Europea. El tercer lugar lo ocupa el Japón, país decididamente proteccionista. Ello lleva a una reflexión primaria. Siempre se dice que el proteccionismo es económicamente nocivo. Trataríase de una rémora a eliminar. La realidad nos muestra, sin embargo, que los países más prósperos del mundo son ferozmente proteccionistas.

El Uruguay fue decididamente proteccionista a partir de la crisis de 1929, como lo eran, durante las décadas subsiguientes, casi todas las naciones. Su apertura principió con el primero de los ministerios del señor Vegh Villegas, a partir de 1974. el abatimiento de los impuestos aduaneros, mal llamados aranceles, fue sostenido, desde entonces. Y de aquella época data la tesis, difundida en nuestro Uruguay con patente de verdad axiomática, de que las economías mejoran cuando eliminan o abaten las barreras arancelarias, pues éstas sobrecargan el costo de producción de sus artículos o renglones de exportación. Así, para producir carne, trigo, arroz y lácteos, hay que preparar la tierra con tractores y fertilizantes, que son importados. Evidentemente, este razonamiento "cierra", como dicen los contadores.

OCURRE, sin embargo, que no todo lo que importamos entra en el costo de producción de nuestras exportaciones. Así, por ejemplo, los melones valencianos, los aceites argentinos y las frutas chilenas. De donde resulta que, en esta materia, razonar en forma lineal simplificada, conduce a errores. Como el problema dista mucho de ser nuevo, como se discute en torno a él por lo menos desde la época de Colbert —el famoso ministro de Luis XIV—, no puede extrañar que haya sido objeto de agudas reflexiones por el Maestro Vaz Ferreira, quien, a lo Terencio, podía proclamar: "Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno".

Afirmaba nuestro eximio pensador en tiempos de ultraproteccionismo, durante la tercera década del siglo pasado: "Ni la idea de libre cambio ni la de proteccionismo pueden legítimamente sistematizarse solas: sin duda, hay que combinarlas". Pero, en esa combinación, hay una, la primera, que es idea principal, y, otra, la segunda, idea complementaria, una, idea directriz, y, la otra, idea correctiva.

Y el ideal es, así, un libre cambio general, corregido por un proteccionismo racional, en el grado y la forma que determinen un razonamiento justo y una experiencia bien observada e interpretada" ("Algunas conferencias sobre temas científicos, artísticos y sociales", págs. 343-344).

Y añadía, para ayudar a enfocar correctamente el problema, varios paralogismos habituales en esta materia. O sea, de razonamientos falaces, pero con visos de verdades. Al primero de ellos lo llamaba un paralogismo inconsciente del proteccionista habitual". A saber, "ser proteccionista para el país propio y no para los otros países". "Esta es una historia harto conocida —y sufrida— por todos los países económicamente débiles, entre los que lamentablemente nos contamos. Padecemos por el proteccionismo francés, alemán, de los Estados Unidos y el Japón. Pero, estas naciones, desde el GATT, el Fondo Monetario, y cuanto organismo y evento internacional existe, a través de sus tecnócratas y sus académicos, nos exigen la apertura irrestricta de nuestra economía. O sea, que nos recetan la medicina, por momentos amarga, que sus gobernantes jamás le hacen tomar a sus propios pueblos. Por algo será.

Y está también el paralogismo "de la consideración separada", así nominado por Vaz Ferreira. ¿Qué quería decir, con ello, el Maestro? Que lo que es correcto aplicado a una sola situación concreta o, en esta materia, a la protección de un determinado producto, deja de serlo si esa protección la aplicamos a todos y cada uno de nuestros renglones productivos. Una cosa aceptable y hasta beneficiosa puede ser, por ejemplo, proteger nuestros vinos con impuestos aduaneros. Pero si esos mismos impuestos pasan a gravar toda mercadería proveniente del exterior, le causamos un daño indudable al funcionamiento general de nuestra economía.

SE nos dirá que de estos temas deben hablar los economistas y no Vaz Ferreira, que no lo era. Que era filósofo y gran pedagogo, eximio pensador sí, pero falto de especialización en cuestiones económicas. Sin embargo, dijo cierta vez Irureta Goyena, al despedir los restos mortales de José Pedro Ramírez: "No me demandéis en que culminó más... Os replicaría con las palabras de Carlyle: El carácter fundamental del gran hombre, es el de ser grande. Hay palabras en Napoleón que son otras tantas batallas de Austerlitz".

Y Vaz Ferreira era, intelectualmente, muy grande. Un ser superior, que honró al país y se honró a sí mismo. Que se carteaba con Unamuno y que dialogó con Einstein, a pedido de éste. Que no era, por cierto, partidario del proteccionismo, pero tampoco su adversario dogmático. Que le admitía, por fuerza de las circunstancias, en dosis limitadas. Bueno es saberlo y recordarlo.


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