JORGE ABBONDANZA
El domingo 8 se divulgó una declaración insólita. La firman representantes de 40 de los mayores museos de Europa y Estados Unidos, señalando que se niegan a la repatriación de piezas valiosas incluidas en sus acervos, provenientes de lejanos países y que en su momento fueron producto de la sustracción, el saqueo o la compra compulsiva que tuvieron lugar en épocas coloniales, mayormente durante el siglo XIX. Esas piezas son reclamadas por los países de origen aduciendo razones de índole patrimonial y cultural difícilmente rebatibles, pero aquellos grandes museos (Louvre, British Museum, Metropolitan, Rijksmuseum, Hermitage, Prado, Berlín, entre otros) esgrimen argumentos sinuosos, aunque hábiles, para negar esa devolución.
Dicen por ejemplo que ellos cumplen un papel internacional "en el esfuerzo por promover la cultura, y esa función debería reemplazar conceptos más estrechos de nacionalismo y propiedad histórica". Asimismo advierten sobre "la naturaleza esencialmente destructiva de la repatriación de objetos", insistiendo en que "los museos son agentes de desarrollo de la cultura y su misión consiste en fomentar el conocimiento. Sirven entonces no sólo para los ciudadanos de un país, sino para todos: fueron fundados como museos del mundo, pertenecen a la humanidad entera. Si tuvieran que devolver piezas adquiridas en el exterior, la índole esencial de sus grandes colecciones desaparecería y todos seríamos más pobres por ello". Lo que quieren decir los grandes museos es que ellos —no los demás— serían más pobres al verse obligados a devolver mucho objeto invalorable a países que en el pasado fueron débiles (como Egipto, Grecia, Turquía, México, Perú, China) y a menudo se vieron obligados a ceder porciones de su antiguo patrimonio artístico bajo presiones ejercidas por las naciones imperiales (Inglaterra, Francia, Alemania, luego Estados Unidos).
Claro que los directivos de museos eminentes no pueden negar ciertas evidencias, por más que se escuden en declaraciones falaces. Por ello el documento agrega que "la comunidad internacional del museos comparte la creencia de que el tráfico ilegal de piezas arqueológicas, artísticas y de objetos étnicos, debe ser firmemente combatido" pero hace una perversa salvedad al respecto: "los objetos y monumentos instalados hace décadas o aún siglos en museos de Europa y Estados Unidos, fueron adquiridos en condiciones muy diferentes", vaguedad que les resulta útil para hacer un frente común, apoyarse en la influencia internacional que siguen ejerciendo sus respectivos países y resistirse a todo intento foráneo de recuperación de piezas apropiadas por ellos.
Hace años que los ingleses se niegan a discutir con Grecia la devolución de los mármoles "de Elgin" que integraron los frisos del Partenón y reposan en el British Museum: se trata de maravillosos fragmentos que constituyen la principal atracción de esa institución londinense y cuya ubicación natural sería en la Acrópolis de Atenas, aunque es improbable que regresen a su ilustre solar. De la misma manera, los ingleses también se oponen a restituir los bronces de Benin al Africa ecuatorial, así como los alemanes no responden a las solicitudes turcas de recuperar el Altar de Pérgamo, un monumento helenístico que con su columnata, escaleras y frisos ocupa una sala gigante de la Isla de los Museos de Berlín.
"Estábamos especialmente preocupados después de que el gobierno griego dijo oficialmente que buscaba el retorno de los mármoles de Elgin" reconoció Neil MacGregor, director del British Museum. Ahora debe sentirse más tranquilo, ya que cuenta con el respaldo de sus colegas en los mayores centros museísticos del Hemisferio Norte. Será inútil que los reclamantes enarbolen principios indiscutibles como la propiedad histórica de las obras y monumentos perdidos, como la ventaja de volver a contemplar esos objetos en su contexto artístico y hasta paisajístico originario, por no hablar del valor simbólico que asume su trasplante a países metropolitanos, donde muchas propiedades de los museos se convierten sin quererlo en emblema de una dependencia colonial que políticamente se desmanteló a partir de la post-guerra de 1945, aunque culturalmente mantenga vivos tantos lazos y subordinaciones que prolongan aquel pasado.
Nada cambiará de lugar, entonces. La cabeza de Nefertiti seguirá en Charlottenburg, la inmensa colección de vasos griegos seguirá en el Victoria & Albert, el penacho de Moctezuma seguirá en Viena, los muros de cerámica policromada de Babilonia seguirán en Berlín, la impresionante fila de sarcófagos egipcios seguirá en el museo de Turín. Para atenuar ese panorama donde nadie está dispuesto a devolver nada, algunos museos han aceptado restituir pequeñas cosas: restos humanos de comunidades aborígenes de Australia, joyas de las islas Cook del Pacífico y —sobre todo—ciertas piezas robadas por los nazis durante la Segunda Guerra, que los museos "han prometido devolver a sus legítimos propietarios". Incluso Italia acepta devolver a Etiopía el obelisco Axum que adorna una plaza de Roma, donde fue implantado por el fascismo en 1937. Nada se dice del botín descomunal que los soviéticos se llevaron de la capital del Reich hacia la URSS en 1945 (el tesoro de Troya, pintura renacentista e impresionista, la biblioteca de Gotha) como compensación por los desastres patrimoniales derivados de la invasión nazi de 1941.
Los turistas no deberán inquietarse: la acumulación de riquezas a menudo mal habidas, se mantendrá invicta en un circuito de renombrados museos cuyos directivos se empecinan en retener todo contra viento y marea. Pero también ellos tienen motivos de preocupación: los ladrones de arte se encargan de sobresaltarlos, como ocurrió el sábado 7 con el robo de dos pinturas de Van Gogh del museo que lleva su nombre en Amsterdam. Detrás de ese y otros robos de cuadros de maestros, va creciendo una red mafiosa que no sólo sustrae las obras de edificios públicos y privados, sino que también establece vínculos con informantes de la policía para que obtengan recompensas (a compartir con los ladrones) a cambio de la rápida devolución de obras que por la notoriedad de sus autores no tendrían venta fácil en el mercado.
Secuestrado, saqueado, arrancado o robado, el arte producido por hombres de genio puede caer en manos de otros hombres cuyo talento consiste en apropiarse de bienes ajenos, con o sin la bendición de las autoridades. Así los caballos griegos de Constantinopla terminan en Venecia, las momias faraónicas descansan en Piamonte, los sarcófagos romanos se amontonan en el Louvre y la cerámica Tang se exhibe en Londres. También las maravillas artísticas forman parte del botín imperial.
Egipcios salen por el mundo
No todo está expuesto. Mientras tomaba estado público la declaración de los grandes museos, el de El Cairo anunció la celebración de su centenario con una exposición de "Tesoros ocultos", consistente en 250 objetos diversos y tres estatuas monumentales pertenecientes a la VI dinastía faraónica, de unos 4.200 años de antigüedad.
Asimismo, se podrán admirar un brazalete de oro con piedras preciosas, de la XVIII dinastía, encontrado por el egiptólogo británico Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamón, de la que se exhibirán treinta amuletos de oro y pequeñas piezas de joyería que se encontraban guardadas y que datan del año 1300 antes de Cristo.
La exposición, que permanecerá abierta un año, ocupa siete salas y está previsto que se convierta en itinerante para recorrer varios países del mundo.