EN más de una oportunidad hemos recordado las
sabias palabras escritas por nuestro director, el Dr.
Washington Beltrán, en memorable editorial titulado
"Ante dos mundos". La motivación de esas reflexiones
fue la realización del balotaje entre los doctores Batlle y
Vázquez, que tendría lugar dos semanas más tarde.
Los deplorables episodios vividos en ocasión de la
reciente huelga municipal, hacen muy oportuna una
nueva reproducción de lo escrito por el Dr. Beltrán, a
apenas dos domingos de la lamentable jornada cívica
del 31 de octubre de 1999, ahíta de agresividad y en la
que habían aflorado, descarnados y violentos, el
atropello y el insulto a los votantes de los partidos
tradicionales, la intolerancia ideológica y el
dogmatismo irrespetuoso de la opinión ajena, con
mucho resentimiento a cuestas.
Estos fueron los aleccionadores conceptos de nuestro
director: "Su importancia —o sea, la de la segunda
vuelta— trasciende de la elección del ciudadano que
ha de presidir la Nación durante los próximos cinco
años. Constituyen un verdadero plebiscito sobre
nuestro destino como país, sobre cual queremos sea
el estilo de vida, los principios de convivencia que rijan
esta bendita tierra en el siglo que se iniciará. La
disputa no es alrededor de un nombre, la controversia
a definir es sobre el ámbito en el que queremos vivir,
en el que queremos, sobre todo, vivan nuestros hijos,
nuestros nietos, las generaciones venideras, si en
ámbitos de libertad, de tolerancia, de respeto a la
dignidad humana, o en ámbitos donde impere el
miedo, rija implacable el fanatismo, y el ser humano
quede reducido a la condición de triste guiñapo".
EN nada exageraba quien así orientaba lúcidamente a
la ciudadanía. No ha sido necesaria una nueva
elección, no se ha requerido que el Dr. Tabaré Vázquez
ganara un balotaje, no ha sido preciso aguardar que el
Frente Amplio accediera al gobierno, para verificar el
pleno acierto de aquellas reflexiones, que eran, en
puridad, una predicción sobrecogedora. Ha bastado
—y sobrado— la huelga en la Intendencia
montevideana, en el propio bastión frentista, para que
todos los uruguayos pudiéramos observar, con tanto
desagrado como alarma, la irrupción de la violencia y
del patoterismo desembozado contra quienes solo
cumplían su deber o trataban de ejercer su derecho.
EL deber, como jerarcas de la IMM, de cumplir sus
funciones, de tratar de resolver el conflicto y de
restablecer los servicios, y el derecho al trabajo.
Derecho, este último, que quisieron ejercer no pocos
funcionarios municipales, por cuya causa sufrieron
insultos soeces, manoseos y otros destratos
intimidatorios, sin excluir, en algunos casos, las
agresiones de hecho. Es decir, con empleo brutal de la
violencia física. Violencia física, además de la verbal
—que una vez más se empleó contra el intendente
Arana y también ahora, con impiedad aterradora,
contra el señor De los Campos— que irrumpió
asimismo, fiera y sin tapujos, no ya contra quienes
querían trabajar sino entre los propios "compañeros"
huelguistas y contra los dirigentes del sindicato, en
asambleas que éste realizó en el Cilindro Municipal.
Se nos dirá que, con ser cierto todo ello y haberlo
percibido toda nuestra sociedad, no deja de ser una
expresión minoritaria, de unas decenas o docenas de
energúmenos e inadaptados. Pero, aún dando de
barato que así haya sido, ello no mejora la
performance frentista en estos penosos sucesos. En
todo caso, lo ocurrido pone de manifiesto una doble
impotencia. La de las jerarquías frentistas de la
Intendencia frente al sindicato y frente a los
funcionarios cuyo derecho a trabajar no pudo ni supo
hacer respetar, y la de los dirigentes de Adeom, que
tampoco pudieron ni supieron controlar a esa minoría
archiprepotente.
A ello se suman otros errores inadmisibles en quienes
aspiran a gobernar el país. Así, el de haber firmado, en
febrero de este año, en momentos en que los
nubarrones de la crisis económica ya presagiaban
inminentes tempestades, un convenio salarial de
imposible cumplimiento. Se evitó, así, un encontronazo
con el sindicato. Pero al precio, que podía
descontarse, de precipitar en plazo breve el gravísimo
conflicto que ahora se vivió y cuyos coletazos,
ciertamente, no han concluido. No acreditaron, el señor
Arana y su plana mayor, obrando complacientemente
con Adeom y con la esperanza vana de que no pasara
lo que tenía que pasar, ciertas dotes que deben tener
los gobernantes, entre otras. A saber, ser previsores,
así como obrar con serena energía y sin
complacencias demagógicas.
Y, el Dr. Tabaré Vázquez, seguro candidato frentista,
una vez más, a la presidencia de la República,
tampoco se lució. No solo no respaldó a las
autoridades de la Intendencia, como era su deber
hacerlo desde que es el Frente Amplio el partido que
allí gobierna, sino que se lavó las manos. Y, en algún
momento, dio su apoyo al sindicato, expresando que
los convenios deben cumplirse. Se olvidó, claro está,
que este convenio era de imposible cumplimiento.
QUIERE decir, pues, que si gana los comicios del
2004, toda vez que se plantee un conflicto entre el
interés general y uno o más sindicatos, el Dr. Vázquez
optará por halagar a las dirigencias sindicales, sin
variar su posición por el hecho de que éstas procedan
violenta y prepotentemente. Bueno es, por
consiguiente, que la ciudadanía vaya advirtiendo lo que
le espera, a la vuelta de la esquina, si consagra en las
urnas el triunfo de este dirigente político.
En fin, como no hay mal que por bien no venga, la
huelga municipal nos deja una experiencia harto
preocupante, junto a una enseñanza aleccionadora: la
de que, como ocurrió en la España republicana —de
1931 a 1936— y en el Chile de Allende, los frentes
políticos de partidos, grupos y grupúsculos de
izquierda, son dominados por los sectores más
radicalizados y extremistas. Los cuales, con su
violencia instalada al lado del gobierno, arrasan los
derechos ajenos e imposibilitan la convivencia
civilizada y democrática. A la vista quedó, una vez más.