JUEVES 3 de octubre de 2002- Año 85 -Nº 29151
Internet Año 7 - Nº 2261 | Montevideo - Uruguay
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"Estoy convencido de que en la segunda mitad del período el gobierno va a buscar los espacios para plantear su modelo de país y relanzar las reformas en las que cree."
"El país se nos está derrumbando y ha llegado la hora de cambiar"

Carlos Ramela | Asesor Presidencial

ALVARO J. AMORETTI | ALVARO GIZ

El asesor presidencial Carlos Ramela admitió que hubiera querido que, en la primera mitad de su mandato, el gobierno “hubiese podido desplegar una acción más ambiciosa y más profunda”, pero advirtió que ahora “el país se nos está derrumbando” y que “ha llegado el momento de cambiar”, y se mostró confiado en que en lo que queda de esta administración el presidente Jorge Batlle “va a buscar los espacios para plantear su modelo de país y relanzar las reformas en las que cree”.

Durante una entrevista que concedió a El País, Ramela aseguró que el presidente Batlle “está convencido de que al Uruguay le llegó el momento de los cambios” y estimó que no se puede responsabilizar “solamente” al primer mandatario por el hecho de que las reformas estructurales que planteó durante la campaña electoral no se hayan podido poner en práctica en lo que va de su mandato.

“Más allá de sus ideas, de su capacidad, de su trabajo y de su iniciativa, el presidente depende de muchísimas cosas y tiene demasiados condicionamientos políticos, administrativos y burocráticos, que no le permiten hacer lo que piensa que hay que hacer”, indicó Ramela, quien coincidió con el ex ministro Ignacio de Posadas en que “un presidente tiene en Uruguay mucho menos poder del que la gente cree”.

En la entrevista, el asesor presidencial valoró el apoyo “incondicional” que el presidente ha encontrado en el Foro Batllista, pero no ocultó su preocupación por el hecho de que “hoy ya no hay un Partido Nacional, sino dos o tres grupos que tienen que procesar sus diferencias internas”, lo que hace que a nivel de la coalición “apurar el ritmo del gobierno tampoco sea tan fácil”.

Ramela negó asimismo que en Uruguay haya fracasado un modelo económico liberal. “¿Cómo va a ser un país liberal en lo económico cuando las mayores empresas del país están en manos del Estado y son monopólicas? ¿Cómo va a ser liberal en lo económico un país en el que no se funde ninguna empresa? ¿Cómo va a ser un país liberal en lo económico con 218 mil empleados públicos?”, se preguntó el asesor presidencial, quien lamentó que en Uruguay “las verdades las dicen las minorías, mientras los que integramos la mayoría miramos para otro lado y no damos la pelea”.

—Cuando Batlle llegó al poder, quienes le votaron y también quienes no lo hicieron se prepararon para asistir a un período de fuertes cambios estructurales. De alguna forma, su discurso fuertemente “antigradualista” y las mayorías parlamentarias que la coalición le garantizaba permitían augurar el advenimiento de un tiempo de grandes reformas, procesadas a un ritmo vertiginoso. Sin embargo, consumida ya la mitad de la administración, queda la sensación de que el gobierno ha avanzado poco, y a ritmo lento, en el camino originalmente trazado. Y que algunas reformas quedaron en el discurso, pero no se concretaron luego en la acción. Ustedes, en el gobierno, ¿también lo sienten así?

—Bueno... yo estoy entre los que hubiesen querido que el gobierno hubiese podido desplegar una acción más ambiciosa y más profunda. A mí me hubiese gustado que, al llegar a la mitad del período, el gobierno hubiera podido plasmar en su gestión las ideas centrales que Batlle defendió toda su vida y que proclamó en su discurso de asunción el 1° de marzo de 2000. Pero lo cierto es que no se ha podido lograr.

—¿Por qué?

—Por lo pronto no creo que se pueda responsabilizar al presidente de la República de inacción o de falta de voluntad. O, por lo menos, no creo que se pueda responsabilizar de ello solamente al presidente de la República.

—¿Usted quiere decir que el presidente intentó llevar a la práctica lo que había pregonado desde la tribuna y no encontró el apoyo que necesitaba para hacerlo?

—Miren, yo nunca había estado tan cerca de un gobierno como lo he estado en este tiempo. Y puedo confirmar que, como alguna vez dijo el doctor Ignacio de Posadas, un presidente tiene en Uruguay mucho menos poder del que la gente cree.

—¿Sí?

—Sí. Más allá de sus ideas, de su capacidad, de su trabajo y de su iniciativa, el presidente depende de muchísimas cosas y tiene demasiados condicionamientos políticos, administrativos y burocráticos, que no le permiten hacer lo que piensa que hay que hacer.

—¿Dentro y fuera de su propio partido político?

—Dentro y fuera de su partido, dentro del resto del sistema político y a nivel de la sociedad en su conjunto. Cuando uno está cerca de un presidente como yo lo he estado del doctor Batlle, uno advierte que un hombre puede llegar a la Presidencia de la República con una cantidad de ideas, de propuestas y de iniciativas, pero si una vez en el cargo no las lleva a la práctica no debe suponerse que no ha querido hacerlo. Seguramente, no ha podido.

—¿Y quién o quiénes no le permitieron al presidente Batlle llevar su programa a la práctica en esta primera mitad del período?

—Juegan muchos factores. Uno tampoco puede olvidarse de que el presidente asumió un país que ya enfrentaba una recesión muy profunda, que se había profundizado a partir de la devaluación de Brasil de enero de 1999.

—¿La situación económica que heredó del gobierno anterior conspiró contra los planes de Batlle?

—Y... cuando al principio se pensó en procesar cambios más profundos o radicales, el nuevo gobierno se encontró con el que el país estaba en una situación que, si no era de inestabilidad, al menos sí era de precariedad.

—¿Eso condicionó el primer año del gobierno?

—El primer año se nos fue acomodando la casa, sacando la Ley de Presupuesto, consolidando la coalición de gobierno y trabajando para bajar un déficit fiscal que ya se volvía preocupante.

—Hay quienes le critican a este gobierno que en ese primer año no se hubiera impulsado un ajuste fiscal. ¿Por qué no se hizo?

—No se quiso hacer. El gobierno quiso dar tiempo y se apostó al mejoramiento de algunas variables y a la apertura de algunos mercados en los que se empezaba a trabajar, en la seguridad de que la situación cambiaría.

—¿No fue un error?

—Es que nosotros estábamos confiados en que el 2001 sería un año para pisar el acelerador a fondo. Lo que no estaba en los planes de nadie era la aftosa, que nos hizo un enorme daño y paralizó el país. Y lejos de despegar en ese segundo año de gobierno, el Uruguay siguió siendo un paciente con 41 grados de fiebre. Y entonces el problema seguía siendo el mismo que al inicio de la administración. ¿Qué había que hacer con ese paciente? ¿Había que bajarle la fiebre o había que operarlo de urgencia?

—Ante esa disyuntiva, ¿el gobierno prefirió limitarse a bajar la fiebre?

—Sí. Pensamos que lo mejor era tratar de bajarle al enfermo la fiebre para entrar luego a la sala de operaciones con un paciente un poco más vigoroso. La idea era bajarle la fiebre en lo que quedaba de 2001, para despegar en 2002. Pero entonces vino la crisis argentina, que primero afectó fuertemente la temporada turística y luego impactó severamente en nuestro sistema financiero. Y a la hora de ver por qué el gobierno no pudo hacer lo que pensaba hacer, hay que considerar estas cosas. Que pesaron, aunque no fueron las únicas que impidieron llevar adelante las reformas.

—¿Qué otros factores trabaron las reformas estructurales que el gobierno se había propuesto impulsar?

—Y... no hay que olvidarse que los uruguayos somos muy reticentes a los cambios. Somos un país muy conservador, en el que la gente parece no percibir que hay determinadas realidades a las que hay que adaptarse y determinadas situaciones que ya no pueden subsistir.

—¿La gente o la dirigencia política?

—La dirigencia política no lo entiende, pero tampoco lo comprende la sociedad civil, ni los trabajadores, ni los sindicatos, ni los empresarios, ni nadie.

—¿Y por qué cree que no lo entienden?

—Porque los uruguayos todos hemos generado una resistencia natural a cualquier cambio y no hemos entendido que el Uruguay no puede vivir eternamente con un discurso de coyuntura.

—Hay quienes creen que cuando la izquierda reunió las firmas para someter a plebiscito la reforma de Antel, el gobierno debió haber recogido el guante y haber aprovechado el debate para convencer a la opinión pública de la necesidad de procesar determinadas reformas estructurales y de los beneficios que los usuarios tendrían si esas reformas efectivamente se concretaban. ¿No se perdió en ese caso una oportunidad de dar la pelea por las ideas con las que este gobierno llegó al poder?

—¿Saben una cosa? Yo soy de los que cree que el gobierno estuvo muy bien en desactivar esa pelea cuando las firmas ya se habían reunido. En todo caso, habría que haber dado esa pelea antes. Pero no se hizo.

—¿Y por qué no dar la pelea después? ¿Por temor a perder?

—No. Lo que sucede es que esos dos artículos de Antel, tal como habían quedado redactados, no reflejaban el punto de vista del gobierno. Y tampoco servían para nada. ¿Quién iba a comprar el 40% de Ancel? Porque la propuesta original del Herrerismo hablaba de un 80% de Ancel, pero después en la discusión la reforma se mediatizó y quedó en lo que quedó. Y encima después vino la Ley Michelini, que obligaba a que la venta fuera aprobada por el Parlamento. ¿Y esa era la bandera que había que defender a toda costa? ¿Ese era el baluarte a proteger? No, no lo era. Y cuando llegó el momento, el presidente tuvo la valentía de decir que no iba a embarcar al país en una confrontación de seis o siete meses para defender un artículo que, como quedó redactado, tiene un valor prácticamente insignificante.

—¿No había, además, una lucha ideológica que dar?

—Quizá sí. Pero la lucha ideológica hay que darla cuando la herramienta a defender es útil y no para defender un negocio que todos sabíamos que no se iba a poder hacer, porque la reforma original había sido mediatizada en la negociación.

—¿Y eso no pasa porque los dos principales socios del gobierno, el Foro Batllista y el Herrerismo, tienen visiones diametralmente opuestas acerca de las reformas que el gobierno plantea?

—Puede ser. Y además es legítimo que esos sectores tengan, entre ellos, sus matices.

—¿Pero hasta dónde esos matices entre los socios no han terminado por transformarse en un palo en la rueda del gobierno y en un freno a las intenciones de Batlle de llevar adelante las reformas que se comprometió a ejecutar durante la última campaña electoral?

—Y bueno... es lo que les dije al comienzo de esta entrevista. Más allá de que Batlle es el presidente, su grupo es la mitad del Partido Colorado. Y con el actual sistema, en el que el presidente es electo por una coalición de partidos, está claro que el doctor Batlle está lejos de tener todo el poder.

—¿No ha funcionado la coalición como ustedes esperaban?

—Yo creo que la coalición ha funcionado a la hora de votar, en especial en los momentos de mayor gravedad y dramatismo para el país. Pero, en lo personal, pienso que no todo pasa por votar las leyes. Una coalición tiene que demostrar unidad y coherencia en todas las instancias. Porque está bien que, cuando llegamos a las instancias límite, todos votemos juntos. Pero con eso no alcanza para restablecer la confianza que la gente tiene que recuperar en cuanto al rumbo del gobierno.

—¿Para quién es esa crítica? ¿Para el Foro Batllista, para el Partido Nacional o para los dos?

—Sinceramente, más allá de las diferencias que puedan existir entre el Foro Batllista y la 15, yo tengo que reconocer que el Foro Batllista ha sido un aliado incondicional de este gobierno, demostrando responsabilidad y una gran cultura de gobierno.

—¿Más incondicional de lo que ustedes esperaban?

—No sé si más incondicional. Lo que creo es que el Foro Batllista ha tenido una actitud disciplinada de respaldo al gobierno, lo que le ha llevado a no marcar públicamente los matices que puede tener respecto de esta gestión. Es un sector que ha apostado a apoyar al gobierno como forma de trabajar por el país.

—¿Y el Partido Nacional no?

—El Partido Nacional, en un gesto patriótico que hay que valorar, aportó sus votos en momentos trascendentes. Pero también hemos visto que todas las semanas alguno de sus miembros intenta poner distancia con el gobierno, diciendo “yo voto, pero no estoy de acuerdo”. Y ahora vemos que periódicamente surgen voces que piden un replanteo de la presencia del Partido Nacional en la coalición.

—¿Usted considera que eso está afectando el funcionamiento de la coalición?

—Yo entiendo que haya matices y sé que el Partido Nacional siempre se caracterizó por tener varias vertientes, todas ellas muy independientes. Pero lo que es evidente es que, más allá de la función que cumple el Directorio y de la jerarquía de quienes lo integran, hoy ya no hay solo un Partido Nacional, sino dos o tres grupos que tienen que procesar sus diferencias internas. Y eso lleva a que negociar con el Partido Nacional no sea tan fácil como se piensa. Y que apurar el ritmo del gobierno tampoco sea tan fácil.

—¿Esperaban un funcionamiento más aceitado de una coalición en la que el principal socio era el ex presidente Luis Alberto Lacalle?

—Yo esperaba que se pudiera transmitir la sensación de que no sólo se consiguen los votos en circunstancias dramáticas, sino que también podemos trabajar en equipo. Esto de que “voto, pero discrepo” o “voto, pero me estoy por ir” no es la idea que uno tiene de lo que tiene que transmitir hacia fuera un gobierno de coalición.

—Desde el Partido Nacional, y fundamentalmente desde el Herrerismo, se afirma que el responsable de que la coalición no trabaje como equipo es el gobierno, que lanza públicamente o envía al Parlamento iniciativas antes de analizarlas con el Partido Nacional, que es su principal socio. ¿Es de recibo esa crítica?

—Es probable que tengan razón. Yo digo que me gustaría una coalición de gobierno más firme en su rumbo y con un discurso más unificado. Y lo digo porque creo que si le preguntamos al ciudadano común, al hombre que camina por la calle, nos va a decir que le cuesta entender cómo hay una coalición de gobierno y votos en común cuando hay tanta divergencia en los discursos de unos y otros.

—¿Y cómo le explicaría a ese hombre común que, siendo socios, unos y otros exhiban discursos tan diferentes?

—La explicación es fácil. Acá se politiza todo y se ideologiza todo. Cada uno cuida “su chacrita” y piensa en su futuro, pero no en el futuro del país. Y el futuro del país depende de que, de una buena vez, todos nos pongamos de acuerdo para hacer determinados cambios que hay que hacer sí o sí.

—¿Pero entiende el sistema político que el tiempo se terminó y que si no se buscan acuerdos para procesar determinadas reformas puede no haber futuro?

—El diagnóstico lo tienen claro todos. El problema es lograr los acuerdos y los consensos, y hasta encontrar la disposición para sentarnos a trabajar todos juntos sin pensar si esto beneficiará o perjudicará a tal o cual. Pero para cambiar este estado de cosas hay que entender que vivimos en un país enfermo de coyuntura y que lo que hemos venido haciendo hasta ahora es simplemente atacar las causas superficiales de la crisis que padecemos. Estamos convencidos de que hay una serie de factores externos terriblemente desfavorables que nos han llevado a la situación por la que atravesamos. Y es verdad. Pero también es verdad que hemos pasado, en los noventa, por coyunturas favorables. Y no hemos sabido, ni entonces ni ahora, construir un país que esté a salvo de estos vaivenes.

—¿Y eso cómo se hace?

—Lo primero que tenemos que entender es que no podemos seguir discutiendo de cosas de las que el mundo ya no discute más hace años. Y lo otro es pensar, antes que nada, en el país.

—¿Los políticos uruguayos no piensan en el país?

—La semana pasada, en una entrevista que publicó “Brecha”, el senador (Danilo) Astori reconoció que el Frente Amplio no dijo la verdad en el tema de Ancap. En esa nota, Astori afirma que por problemas políticos el Frente Amplio está diciendo que lo que el gobierno quiere hacer con Ancap es privatizarla, cuando está claro que no se trata de una privatización. Y eso que dice Astori pinta de cuerpo entero lo que es el Uruguay. Un país donde la gente y los sectores políticos piensan más en ellos que en el bien común.

—¿Y los dirigentes de los partidos tradicionales piensan más en el país que en su propio futuro electoral?

—No. ¿Quiere un ejemplo? El doctor Gonzalo Fernández, asesor del presidente del Encuentro Progresista, hizo un memorándum sobre las modificaciones que, a su juicio, debían introducirse al Código Procesal Penal. El memorándum llegó a la Presidencia de la República, las evaluamos, se las devolvimos al doctor Fernández para que redactara un proyecto y el Poder Ejecutivo, en algo que yo juzgo como histórico, hizo suyo el proyecto luego de realizarle pequeñas modificaciones y lo elevó como propio. En el Parlamento lo tomó una comisión que lo derivó a una comisión de expertos que, por unanimidad, lo aprobó. Sin embargo, ese proyecto nunca se votó. Nunca fue al plenario y seguramente nunca va a ir.

—¿Por qué? ¿Porque era un proyecto redactado por un frenteamplista?

—Sí. ¿Y a ustedes les parece que el país puede seguir encerrado, votando o no las cosas, no porque sean buenas o malas, si no por quién es el que la presenta? A mí me parece que no. Hay que cambiar la actitud.

—¿Y puede pensarse en que es posible que los partidos y sectores dejen de mirar su ombligo cuando cada vez están más cerca las elecciones de 2004 y cada quien ya empieza a buscar su ubicación en la foto?

—Creo que va a ser difícil, pero que hay que intentarlo. Y confío en que el presidente Batlle va a seguir insistiendo, tratando de convencer a los uruguayos de que no pueden seguir manteniendo esta actitud masoquista de defender cosas que, en el fondo, los perjudican. ¿O vamos a seguir privilegiando el Estado? ¿O pensamos que vamos a dinamizar el país a través de la inversión pública? ¿O vamos a seguir apostando a las recetas voluntaristas que se apoyan en una riqueza que ya no existe? Hoy a todos nos afecta de algún modo la reprogramación de depósitos impuesta por el Banco de la República. ¿Y dónde estaba el principal problema del Banco de la República? En las deudas del sector agropecuario, varias veces refinanciadas y nunca definitivamente cobradas. ¿Y eso qué quiere decir? Que el voluntarismo tiene patas cortas, y a la larga se paga. ¿Y qué es lo que pasa con la Intendencia de Montevideo? Los empleados tienen los mejores salarios del país y hace un año firmaron un convenio muy ventajoso. Hoy la Intendencia no les puede pagar ese aumento y el intendente (Mariano) Arana, al que mucho respeto, responsabiliza de ello a “la maldita crisis”. ¿Pero la Intendencia no está atrasada con sus proveedores hace tres o cuatro años? Y entonces, ¿fue prudente que esa Intendencia firmara hace un año el convenio que suscribió con los empleados? ¿No fue un acto de voluntarismo? ¿Y no es un acto de voluntarismo el que las intendencias de Rocha y Canelones hayan aumentado su número de funcionarios en los últimos años?

—¿Y cuál es el remedio?

—Asumir que ese país generoso y paternalista, donde alcanzaba para todo y para todos, no existe más. Darnos cuenta que en 1930, el Uruguay tenía 30 mil empleados públicos, un Estado fuerte que hacía bien lo que tenía que hacer y un país que crecía. Y hoy tenemos 218 mil empleados públicos, no hay dinero para que el Estado cumpla con sus funciones básicas y un país estancado. ¿Qué quiere decir eso?

—Los frenteamplistas le responderían que el Estado que hoy tenemos es el que colorados y blancos edificaron desde 1930 a la fecha.

—Y yo les diría que el Estado que tenemos lo hicimos todos. Acá, por acción, por omisión o por oposición, somos todos responsables. ¿Y de qué sirve además saber quién fue el responsable? El país se nos está derrumbando y ha llegado la hora de cambiar. Pero hay que hacerlo con seriedad. No puede ser que los mismos frenteamplistas que acá cuestionan el capitalismo, cuando llega el momento de emigrar se vayan mayoritariamente a los Estados Unidos. ¿Pero saben por qué se van a Estados Unidos? Porque saben que el estilo de vida que los uruguayos queremos está ahí. Y si no se van a España, donde hubo socialistas modernos que privatizaron y abrieron la economía. Pero acá esa misma gente cree que si AFE no tiene el escudo uruguayo, el país pierde soberanía.

—La primera mitad del mandato se fue. Queda la segunda. ¿Cree que tiene fuerzas el gobierno para relanzar sus reformas y cumplir con sus compromisos, o que lo que ya no se hizo no se podrá hacer en el futuro?

—Yo estoy convencido de que en la segunda mitad del período el gobierno va a buscar los espacios para plantear su modelo de país y relanzar las reformas en las que cree.

—¿Ve al presidente decidido a dar esa pelea?

—He conversado con él y está convencido de que al Uruguay le llegó el momento de los cambios. El presidente cree en otro modelo de país y está comprometido con el cambio que, necesariamente, hay que empezar. Y va a intentar hacerlo, y a poner todo de sí para hacerlo.

—¿Con quiénes?

—Con todos. Si todos no se sientan a una misma mesa y están dispuestos a ponerse de acuerdo en algunos temas fundamentales, es que no hemos entendido la gravedad de la situación que estamos viviendo.

—¿También con el Encuentro Progresista?

—Yo no cierro ninguna puerta. Advierto que en el Encuentro Progresista hay sectores muy radicalizados y que el discurso del doctor (Tabaré) Vázquez se inclina, la mayor parte de las veces, hacia el lado de esos sectores radicales. Pero tengo que ser optimista. ¿O vamos a esperar a hacer acuerdos el día en que el incendio ya no pueda ser apagado? ¿O vamos a seguir convalidando que mientras la Intendencia de Montevideo puede concesionar todo, la misma izquierda no le deje al gobierno nacional concesionar nada?

—¿Y usted cree que el Encuentro Progresista puede avenirse a apoyar las reformas de corte liberal que el presidente Batlle planteó durante toda su vida y que le llevaron al poder?

—¿Saben qué pienso? Que la izquierda dice que lo que fracasó en el Uruguay fue el modelo económico liberal. Y el Uruguay es un país liberal en lo político y en lo social, y eventualmente en lo financiero, pero no es liberal en lo económico. ¿Cómo va a ser un país liberal en lo económico cuando las mayores empresas del país están en manos del Estado y son monopólicas? ¿Cómo va a ser liberal en lo económico un país en el que no se funde ninguna empresa? ¿Cómo va a ser un país liberal en lo económico con 218 mil empleados públicos? Pero ese es el país perverso, donde la agenda la fijan las minorías y las verdades las dicen las minorías, mientras los que integramos la mayoría miramos para otro lado y no damos la pelea. Bueno, yo creo que llegó el momento de que la sociedad civil asuma ese desafío y empuje a los actores políticos a cerrar los acuerdos que nos pueden sacar de este momento.

—¿El gobierno aspira a liderar ese proceso?

—Ya lo ha intentado en el pasado. Quizás ha fracasado, por errores ajenos o por errores propios. Lo que digo es que, en el momento que vivimos, sería una enorme irresponsabilidad que cada uno no asumiera el papel que le corresponde y diera los pasos que tiene que dar para hacer los acuerdos que hay que hacer. ¿O es que queremos vivir en un país en el que un día todos serán empleados públicos?

El presidente no piensa en el año 2004

La falta de mensaje y el precipicio

n —¿Piensa que el gobierno ha comunicado correctamente lo que ha hecho y que ha defendido eficazmente ante la opinión pública sus ideas y las reformas que ha intentado, muchas veces sin éxito, imponer?

—Asumo que puede haber habido un problema de falta de mensaje de nuestra parte. Lo asumo, porque acepto que algunas de las cosas que planteamos se pudieron haber comunicado mejor. Pero también hay que entender que en estos dos años y medio hemos pasado de una situación dramática a otra más terrible todavía. Y que a veces, en esos momentos tan difíciles, uno tiene que privilegiar la prudencia y relegar la polémica en beneficio de no generar más enfrentamientos de los que ya hay .

—¿Y usted, que viene de fuera del sistema político, acepta con comodidad esos códigos?

—Los entiendo, más allá de que alguna vez me cuesta razonar de esa manera. Recuerdo que cuando estaba trabajando en la última Rendición de Cuentas un miembro del gobierno me dijo que mi problema era que pensaba como un militante y no como un estadista. Y es verdad. En este gobierno hemos estado todo el tiempo demasiado cerca del precipicio. Cuando uno está ahí, no tiene margen para dar algunas peleas.

Aumentos diferenciales para públicos en enero

La Rendición de Cuentas habilita al gobierno a otorgar aumentos diferenciales a los funcionarios públicos a partir del 1° de enero de 2003. ¿Va a utilizar el gobierno esa herramienta?

—Vamos por partes. ¿Cuáles son las funciones básicas del Estado, que no se pueden delegar en el sector privado? Salud, Educación, Seguridad y Justicia. Ahora veamos los sueldos de los empleados públicos. ¿Quiénes son los más postergados? Precisamente los que realizan las tareas esenciales del Estado.

—¿Y qué es lo que piensa hacer el gobierno?

—Tenemos una herramienta que nos permite empezar a acortar las diferencias entre un Estado rico, donde hay sueldos promedio de 40 mil pesos, y el Estado pobre, donde los que hacen tareas fundamentales ganan muy poco. Y eso, desde el punto de vista nuestro, es inmoral y antiético y, aunque parezca paradójico, esa realidad la defienden los que están peores pagos, que son los primeros en manifestar para que no se cambie nada y todo quede como está. Todos piensan que la plata está y no se dan cuenta que no hay más plata. La plata se terminó. Pero acá vimos que un mes el BPS pagó el día 2, en lugar del día 30, y se armó un escándalo y los funcionarios hicieron paro. ¿Y hay alguien en este país que cobre los 30? ¿Queda alguien? Yo estoy pagando el 15, y no soy un negrero. Hago lo que puedo. He firmado vales para pagar los sueldos. Me estoy endeudando para pagar los sueldos. ¿Y por qué los empleados públicos no pueden entender que ellos no son diferentes al resto de los uruguayos? ¿Por qué no comprenden que los trabajadores privados están en el CTI mientras ellos siguen disfrutando de todos sus privilegios?

—¿Cuál es la idea del gobierno para 2003? ¿Bajar el gasto salarial del Estado para poder aumentar las inversiones del sector público?

—En eso estamos pensando.

—¿Están pensando en bajarle el sueldo a los funcionarios públicos?

—Por lo pronto, no le vamos a ajustar el salario a los empleados públicos de acuerdo a la devaluación que ha habido. Les daremos el IPC o menos. Ya eso le va a bajar a todos su salario real.

—Eso va a afectar a todos por igual.

—A todos por igual. El chofer de la señora Eva Holz va a seguir ganando 59 mil pesos y el maestro va a seguir ganando 4 mil pesos.

—Volvemos al principio. La Rendición de Cuentas habilita al gobierno a otorgar aumentos diferenciales. ¿Lo van a hacer o no a partir del ajuste del 1° de enero de 2003?

—Sí, lo vamos a hacer. Cuando llegue el 1° de enero y haya que discutir los ajustes salariales de los funcionarios públicos, vamos a tener que poner las verdades sobre la mesa y decir las cosas con claridad. Al sumergido, al funcionario público que no gana nada, tenemos que darle más que a aquellos que estén ganando más. A eso nos habilita esta Rendición de Cuentas que por algo ha sido tan criticada.

—¿Y lo van a hacer?

—Por supuesto que sí.

—¿Y cómo cree que lo van a tomar los funcionarios públicos?

—Y... seguramente vamos a tener un enfrentamiento. Pero tenemos una herramienta que nos permite hacer justicia y tenemos que hacerla valer. Porque no vamos a lograr, en un solo ajuste, que a igual función corresponda igual remuneración. Pero lo podemos lograr en diez o doce años. Y tenemos que empezar ahora.

“Ha debido soportar muy duros golpes”

n —Usted, que es su asesor y está cerca de él, ¿como ve al presidente Batlle?

—Lo veo bien. Se está recuperando de una etapa de mucho trabajo, de mucho estrés y también de muchos golpes, porque este presidente ha debido soportar muy duros golpes. Lo veo, como lo he visto siempre, mirando la realidad, analizando las soluciones que se están buscando a los problemas financieros y muy ilusionado con la lucecita de esperanza que vemos en la apertura de nuevos mercados y en las mejores condiciones en que podremos vender nuestros productos, porque él ve que allí podemos encontrar el oxígeno que necesitamos para volver a apostar y a creer que es posible cambiar al país. Y porque el presidente sabe que para cambiar siempre es bueno tener viento a favor. Y el Uruguay hace mucho que navega sin viento a favor, que no tiene un poco de resto.

—¿Y usted percibe que el país puede encontrar en un aumento de las exportaciones ese viento a favor que el gobierno necesita?

—Sí. Pero si eso ocurre, habrá que entender que se trata de una mejora coyuntural de la situación. Y lejos de descansarse, habrá que aprovechar el viento a favor para hacer los cambios que hay que hacer, en lugar de esperar a la próxima crisis para empezar a discutir nuevamente si tenemos que cambiar.

La agenda del tiempo que vendrá

n —¿Qué batallas dará el gobierno en la segunda mitad de su mandato?

—Vamos a insistir con la Reforma Política, una bandera que levantaron otros pero que nos parece impostergable. Vamos a tratar de procesar una reducción en el número de ministerios y de directores de los entes. Es una señal que nos parece que hay que dar, porque la gente la está esperando.

—¿Y más allá del ajuste?

—Está claro que hay que tratar de dar en concesión todo lo que sea posible, aunque también hay que tomar en cuenta que este no es el mejor momento para que un inversor extranjero se interese en el Uruguay. Pero hay que avanzar en ese sentido. Lo del aeropuerto y la Megaconcesión están en camino. Hay proyectos turísticos importantes en la Ley de Reactivación, que pueden atraer capitales. Y nos queda conceder los pavimentos y el saneamiento de todo el interior.


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