LUNES 2 de setiembre de 2002- Año 84 -Nº 29120
Internet Año 7 - Nº 2230 | Montevideo - Uruguay
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TOM HANKS, PAUL NEWMAN Y EL DIRECTOR SAM MENDES CONSIGUEN UN VISTOSO DRAMA POLICIAL DE EPOCA.
La violencia y los afectos

TOM HANKS, PAUL NEWMAN Y EL DIRECTOR SAM MENDES CONSIGUEN UN VISTOSO DRAMA POLICIAL DE EPOCA.

GUILLERMO ZAPIOLA

CAMINO A LA PERDICION

Road to Perdition

Director. Sam Mendes.

Libreto. David Self, sobre novela gráfica de Max Allan Collins

Fotografía.Conrad Hall

Música.Thomas Newman.

Productores.Richard De. Zanuck, Dean Zanuck, Sam Mendes.

Elenco.Tom Hanks, Paul Newman, Jude Law, Jennifer Jason Leigh, Stanley Tucci, Daniel Craig, Tyler Hoechlin, Liam Aiken.

Estados Unidos 2002.

"Los hijos están hechos para complicarle la vida a los padres", comenta el personaje encarnado por Paul Newman en una escena de esta película de Sam Mendes.

La frase hinca el diente en uno de los elementos dramáticos fundamentales de su historia policial: varias problemáticas relaciones entre padres e hijos, verdaderos y sustitutos, que derivan en algún conflicto de lealtades divididas, una persecución sangrienta, y el empeño de uno de los personajes en alcanzar alguna forma de recuperación moral.

En el centro está, por supuesto, ese niño de trece años (Tyler Hoechlin) que en tiempos de la Gran Depresión comienza a descubrir que su padre (Tom Hanks) está involucrado con peligrosos delincuentes.

Pero esa relación hecha de reticencias, afectos y temores se repite en cierto modo en la que el personaje de Hanks mantiene con el jefe de la organización para la que trabaja (Paul Newman), y tiene a su vez un reflejo deformado en la de este último con su propio hijo (Daniel Craig), un delincuente con aún menos escrúpulos que los otros (alguien ha dicho que Hanks era en esta película el "malo bueno", mientras que Craig sería el "malo malo").

Toda esa zona del relato está observada con considerable inteligencia desde el libreto de David Self, que al principio establece un contraste entre el universo familiar de Hanks (una casita apacible y ordenada, los niños que juegan o hacen sus deberes escolares, las oraciones antes de comer) y su trabajo en el mundo del crimen, y luego va descubriendo, sobre todo a través de la mirada del chico Hoeschlin, las relaciones entre ambos.

La primera ambiguedad surge incluso un poco antes, justamente sobre los créditos, con el niño que roba un dulce en la tienda a la que ha entrado para hacer una compra: allí se plantea ya un elemento de tentación o inconsciente aproximación al Mal que se acentuar  después.

La concepción visual aplicada por el director Mendes y su espléndido director de fotografía Conrad Hall refuerza algunos de esos significados.

Una de las primeras imágenes de Hanks que el film proporciona funciona igualmente desde el punto de vista del hijo que lo contempla desde un corredor, a través de una puerta entreabierta: allí el niño y el espectador ven por primera vez una pistola automática en las manos del hombre.

Esa mirada infantil a través de la cual se perciben datos sueltos, a veces pasibles de ser mal interpretados, constituye uno de los mecanismos en los que radica parte de la eficacia del film.

Por supuesto, "Camino a la perdición" cuenta con el beneficio adicional de un presupuesto desahogado, que hace de ella una película con todo lo que el dinero puede comprar, empezando por la esmerada reconstrucción de un tiempo pasado y una minucia de decorados, vestuario, armas, vehículos y objetos de época, más la ayuda de la digitalización para muchas de sus escenas de edificios y muchedumbres.

Y de allí deriva también la posibilidad de reunir un elenco llamativo, con papeles pequeños para gente famosa (Jennifer Jason Leigh como la esposa del protagonista) y un par de lujos mayores en los roles centrales.

Tom Hanks se esfuerza realmente (y logra convencer) en un papel de "duro" en quien comienza a aflorar de a poco una dosis de conciencia.

Y por supuesto siempre es un placer reencontrarse con Newman, en un personaje no menos infrecuente: el actor ha hecho muy pocos villanos en su vida.

Es cierto que los años se le notan (77 no pasan en vano), y que prefiere jugar en tonos bajos, sin grandes estallidos, pero sigue siendo de esas figuras que "llenan pantalla" con su sola presencia: el estrellato es eso, casualmente.

Habría que llamar la atención también, por lo menos, hacia el psicop tico fotógrafo y criminal de Jude Law, un tipo que tiene su intensidad propia.

El film reúne casi todo lo que se necesita para convertirse en un producto comercial de buen (y por momentos muy buen) nivel, y hasta habría podido ser grande si se hubiera conformado con ello.

Tiene un gran diseño de producción, actuaciones competentes, una anécdota policial que progresa sin tropiezos durante más de una hora, escenas de acción bien resueltas, y un lenguaje que durante la primera mitad de la proyección o un poco m s sabe ser lacónico y eficaz.

Sin embargo, no sería una película de Sam Mendes ni una producción del neo-Hollywood si se limitara solamente a eso.

Tiene que ser "importante", tiene que emitir cosas trascendentes sobre la condición humana, el pecado, la redención.

Allí comienza a equivocarse: lo que dice cabe en definitiva en frases hechas del tiempo "quien siembra vientos recoge tempestades", "el que la hace la paga" o "de tal palo tal astilla".

Su media hora final, sobre todo, incurre en dosis de emotividad, cierta vocación por el sermón, y alguna facilidad de libreto para llegar hasta lo que puede definirse como un "happy end moral".

Habría que conocer la novela gráfica original de Max Allan Collins para arriesgar una afirmación más categórica, pero la distancia entre las ambiciones y los logros pueden deberse acaso a la pretensión de hacer tragedia con un "comic": a los últimos tramos (muy previsibles) les falta la grandeza y la capacidad de emoción que sus ambiciones requerían, aunque Mendes se las arregle hasta allí para seguir siendo entretenido y vistoso.


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EMOCIONES. Padre e hijo (Tom Hanks, Tyler Hoechlin) en un momento de emotividad en el que intentan reconstruir una relación fracturada